El rojipardismo es un mito (¿o no?)

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Clara Breña | Que rojipardo es una categoría paraguas bajo la que caben personas cuyas ideologías distan a veces ligeramente, a veces diametralmente, no es ningún secreto para ningún lector de este periódico digital. Es precisamente ese carácter totalizador, difuso y falto de una definición clara el que nos lleva a concluir que dicho “movimiento político”, el rojipardismo, y los militantes del mismo, los y las rojipardas, son un mito. Que rojipardo/a es una etiqueta punitiva más, como terf, o fascista según en los contextos en que se emplee. Y lo es. De eso no cabe la menor duda.

Ahora bien, es preciso reflexionar sobre si no habrá alguien que adolezca de alguno de esos males de los que se le acusa, no vaya a ser verdad (aunque sea parcialmente) que haya quien esté revistiendo ideas conservadoras o, directamente, reaccionarias, de cierto pelaje revolucionario o transformador. O sea, que debemos preguntarnos si no será que alguno es más pardo que roji, en definitiva. Y no diré nombres, porque no es ni necesario ni inteligente. Y desde luego, es menester que quienes tenemos claro que no compartimos trinchera (a no ser en alguna cuestión tangencial y de soslayo) con los anteriores, lo dejemos claro y manifestemos nuestra negativa a ser metidos en un mismo saco junto con quienes defienden ideas muy variopintas, muchas de las cuales repudiamos profundamente.

¿Que la baja natalidad es un problema demográfico y económico de primera índole? Por supuesto. Pero no por ello vamos a defender a capa y espada la familia tradicional, entendiendo por ésta hombre y mujer casados indisolublemente hasta la muerte, y cuantos más hijos, mejor. A algunos y algunas a quienes se nos cuelga el sambenito de rojipardo no nos molestan en absoluto las, digamos, familias diversas: dos madres, dos padres, una madre y sus hijos, un padre y sus hijas, familias con padres divorciados, y tantas combinaciones como se nos puedan ocurrir (siempre y cuando en ninguna de ellas los hijos sean fruto de la explotación reproductiva de mujeres pobres, huelga aclarar). Muchos defendemos el matrimonio entre personas del mismo sexo, su derecho a adoptar y, por supuesto, el derecho irrenunciable de las mujeres a la libre interrupción del embarazo de forma gratuita y segura, la anticoncepción y toda la ristra de derechos reproductivos tan duramente peleados por las feministas. Y esto no es óbice para defender unas condiciones materiales dignas y un sistema de prestaciones eficaz para todas aquellas personas que deseen tener familia. No obstante, me gustaría recordarle a más de uno que la baja natalidad no es un problema de las mujeres: es un problema de la sociedad. Y que bajo ningún concepto dicho problema puede solventarse como se ha hecho siempre: a costa de la subordinación de las mujeres y de su dedicación exclusiva al matrimonio y a los hijos como único proyecto vital. Más de un rojipardo que se manifiesta abiertamente contrario al derecho al aborto debería enterarse de lo que es la corresponsabilidad, por ejemplo. Quizás así incluso empecemos a ir subsanando los estragos del envejecimiento imparable de la población (eso y buenas condiciones materiales, entre ellas las laborales, como decía). Para que me entendáis: que muchos de estos que son muy comunistas y mucho comunistas nos mandarían a fregar, compañeras.

¿Que defendemos la unidad de España y el centralismo? Sí. Siempre y cuando éstos sean los garantes de los intereses de la clase trabajadora. Y siempre que entendamos que España es una realidad estatal-nacional tan contingente y circunstancial como cualquier otra. Que igual que es, podría no haber sido, o podría no ser en un futuro, porque no existe una esencia eterna e inmutable de la españolidad (como expliqué en La metafísica de España). Y si el día de mañana resultara que una fórmula contraria al centralismo y a la unidad de España fuera más eficaz para mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora, pues a por todas con ella. (Y no estoy diciendo que dicha fórmula ya esté inventada; Dios me libre de comulgar con los nacionalismos fragmentarios y su morralla burguesa. Solo estoy especulando). Lo que quiero decir es que hay quien entre tanta obnubilación ante los símbolos nacionales, tanta lagrimilla al ver la cruz de Borgoña y tanto pecho henchido al recordar al glorioso Imperio Español, acaba por pecar justo de aquello de lo que acusa a otros: chovinismo patriotero burgués y un nacionalismo que tiene más de exaltado y emocional que de otra cosa. Y olvida, de igual manera que los otros, que lo que tiene que primar para un proyecto de país es el pan y el trabajo. Porque no sé yo si lo de crear propuestas políticas para España tomando como puntos de referencia el Imperio Español y el combate a la hispanofobia negrolegendaria beneficia mucho a la clase trabajadora nacional hoy en día, la verdad. Como no le benefician los proyectos basados en los mitos catalanistas, galleguistas o vasquistas. Que a ver si de tanto alejarnos del discurso identitario de los nacionalismos separatistas, vamos a acabar dando la vuelta hasta posicionarnos exactamente en el mismo punto que éstos (cambiando los colores de la bandera, eso sí).

¿Que la cuestión de clase y el modelo económico son fundamentales, y a pesar de ello los dos ejes clásicos de la izquierda más olvidados, en favor de las causas de las minorías y de la lucha cultural de las identidades? Absolutamente. Pero eso no significa que ciertos males como la homofobia o el racismo (no digamos el machismo) hayan desaparecido y solo se recurra a ellos como ases en la manga cuando no se tiene (o no se quiere tener) otra cosa de la que hablar. Que se puede tener conciencia de clase, reivindicar la importancia de recuperar la lucha obrera y abogar por un cambio radical en el modelo productivo, y a la vez perseguir y condenar los actos de violencia machista, racista u homofóbica (por poner sólo algunos ejemplos). Porque éstos existen y suponen un problema social.

Y cabría hablar de otras cuestiones, como la confesionalidad católica de algunos. El catolicismo: esa religión que tanto ha contribuido a la emancipación de las mujeres y a la libertad de las personas de relacionarse sexo-afectivamente con quienes deseen (nótese la ironía). Pero no quiero extenderme en exceso. En fin, que no todo aquel o aquella a la que se le cuelga la medalla de rojipardo/a compra en bloque todo el paquete de ideas que proponen otros con los que (involuntariamente) se comparte categoría. Que algunas ya empezamos a sentirnos incómodas con parte de lo que dicha etiqueta representa.

¿Que el rojipardismo es un mito? Sí. Pero como se suele decir: todo mito o leyenda tiene una parte de verdad.

 

Clara Breña


Graduada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. En política, feminista radical y defensora de una izquierda materialista, centralista y racionalista, contraria a toda política de autodeterminación.

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