La izquierda flagelante

izquierda flagelante

Clara Breña | Existe una izquierda (sociológicamente hablando, al menos) que, lejos de sentir y manifestar una legítima rabia ante la desfavorable situación económica en la que se encuentra dentro del injusto engranaje capitalista (conciencia de clase solían llamar a esto), se golpea con rotundidad y estoicismo, cual flagelante en la Semana Santa, cada vez que toma conciencia de uno de esos dones a los que llama privilegio, y de los que parece ser goza aunque en muchas ocasiones no sepa muy bien cómo se manifiestan estos, materialmente hablando.

Esta izquierda masoquista y quienes la conforman, avergonzados de sí mismos, son los que imploran perdón cada 12 de octubre, sintiéndose ellos nietos de aquellos malvados colonizadores de antaño (y no quienes están al otro lado del océano, y quienes con total probabilidad serán precisamente los descendientes de los mismos). Sintiéndose nietos e inequívocos responsables. Se postran y realizan su particular penitencia, con las rodillas desnudas y ensangrentadas, recordándonos que no se deben celebrar las masacres ni las conquistas, aunque no fuesen ni ellos ni la España de hoy los involucrados en las mismas. Se lamentan ante el paraíso perdido que este mundo sería de no haber sido por aquellos terribles europeos y sus imperios; aunque sus acciones y gestas entrasen dentro de la dialéctica de estados e imperios (y sus diferentes configuraciones a lo largo del tiempo) que ha dado forma a la historia tal y como la conocemos en su totalidad. Aunque la especulación con una deriva histórica diferente, y su condena sistemática de lo que desde hoy vemos como terrible, se aleje del marco analítico del materialismo histórico y solo tenga cabida en una novela ucrónica para nostálgicos de un pasado inexistente.

Esta izquierda flagelante se mira al espejo, se aprieta fuertemente el cilicio y siente vergüenza de sí misma por ser blanca, occidental, europea. Alguno tiene además la mala suerte de ser también hombre, o de tener sus capacidades físicas y psíquicas intactas. No digamos ya si se da la circunstancia de se es heterosexual, y de que no se participa de ninguna de esas identidades de género disidentes. En definitiva, que se da a veces el caso de que una no está racializada, ni tiene discapacidad (diversidad funcional, dicen por ahí), no es homosexual, es monógama; si además tiene una la vicisitud de ser (y reconocerse) como española, el peor de los pecados y la mayor de las palabras tabú según parece, ya puede ir preparando la cruz y los clavos, que toca castigarse por gozar de semejante abanico de privilegios execrables.

Pero no me malinterpreten, por favor. Ni estoy dulcificando los procesos de conquista y colonización de territorios (de unos y de otros, en aquel octubre de 1492 o en cualquier otro momento y lugar de la historia), pues no vería sentido ni a esto ni a su demonización desde unos cuantos siglos de distancia; ni tampoco estoy dejando de reconocer que hay parte de lo que somos que configura y determina buena parte de nuestras vidas (les recuerdo que soy mujer, y se da el caso de que también feminista). Por supuesto que en infinidad de aspectos no es lo mismo ser mujer u hombre en un mundo en que la desigualdad estructural entre ambos sexos existe y nos borra a las mujeres, figurada y literalmente. Tampoco frivolizo con tal cosa como el desequilibrio social y económico (inseparable de la clase) que existe entre personas consideradas blancas y personas de otras etnias y culturas, a las que a menudo se mira como lo otro, lo exótico, lo que no es la norma. Ni siquiera me atrevería a decir que no existe discriminación alguna hacia personas por su orientación sexual (aunque la clase, de nuevo, importa y mucho), pues tal cosa no es cierta.

Lo que me sorprende es cómo es posible que uno de esos elementos que crea lazos, muy materiales y muy poco simbólicos, entre todas estas personas de las que hablo, convirtiéndolas en iguales en cierta forma, independientemente de su sexo, etnia, orientación sexual y capacidades físicas y mentales (siendo todas estas circunstancias, por supuesto, dignas de ser tenidas en cuenta en el análisis y en el abordaje de la desigualdad), se haya olvidado completamente. Me entristece y fascina al mismo tiempo cómo estamos más ocupados en buscarnos los privilegios en el espejo, como quien se busca los puntos negros, que en reconocer la carestía de la que adolecen las condiciones materiales de existencia de nuestro alrededor. Y en todo este conteo de los puntos del carnet de opresor, nos dejamos olvidado aquello que nos condena a la irremediable y eterna miseria, y que nos reduce a todos y todas a la categoría de oprimidos: nuestra clase social.

Porque mientras suplicamos el perdón de la Pachamama por el desembarco en el Nuevo Mundo, nos arrancamos unos a otros el derecho a hablar de ciertos temas porque no se da la azarosa circunstancia de tener un sexo u otro, una coloración de la piel u otra, una orientación sexual u otra; mientras nos desacreditamos entre compañeras por cosas que no hemos elegido (nacer aquí o allá), el capital nos mira desde arriba y se descojona, si me permiten la vulgaridad. Me imagino a unos cuantos magnates, bebiendo brandy y fumando puros, como si de El juego del calamar se tratase, mirando nuestras estultas disputas sobre quiénes poseemos más y mejores privilegios, y a cuántos colectivos marginalizados oprimimos cada uno de nosotros. Me los imagino contemplándonos desde la sombra y riéndose a carcajadas. Lo cierto es que es más probable que, en medio de semejantes debates estériles, caigamos al vacío y nos estrellemos, por hacer otra referencia a tan afamada serie. Y entonces sí que se reirán.

En definitiva, no está de más reconocer cuando uno o una goza de una situación de ventaja con respecto a otros. No obstante, no olvidemos que a veces esta se debe más a la consecución de un derecho que a la posesión de un privilegio; ergo, algo deseable para el resto también. Es más, a veces esto se debe a una desigualdad creada por un grupo al que ni pertenecemos ni podemos soñar con pertenecer (quienes poseen el capital, la burguesía, las clases altas verdaderamente privilegiadas). No olvidemos que lo que nos une y subyuga – la clase – es más poderoso que lo que nos distingue y privilegia. Que la emancipación de nuestra clase es un desiderátum que debería removernos más las tripas y las mentes que la diversidad que nos diferencia y desune. Tomemos conciencia de ella (de la clase, digo).

No olvidemos tampoco que cuando cogemos el flagelo y el cilicio, necesariamente tenemos que soltar la hoz y el martillo. Y no está el patio como para despistarnos ni un segundo.

 

Clara Breña


Graduada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. En política, feminista radical y defensora de una izquierda materialista, centralista y racionalista, contraria a toda política de autodeterminación.

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  • Quizá esa izquierda no está cogiendo el flagelo, sino apelando a formas retorcidas de legitimación. Situémonos en contexto: la civilización cristiano-occidental, pues efectivamente el cristianismo ha configurado nuestra civilización. Pero el cristianismo triunfó apelando a un orden moral (por mucho que a partir de un determinado momento también tuviese el poder militar detrás). Un orden moral cuyo fundamento es identificar al bueno con el que sufre, con el humillado, etc. Ese es el elegido de Dios. Luego, el que sufre, el humillado, etc., es el que está legitimado para hablar. A él le pertenece legítimamente el poder. Claro aquí tenemos una contradicción. Si tienes el poder no eres el humillado, el postergado. Pero entones entra en juego otro elemento: la farsa. Yo estoy en el poder, vivo en una sociedad rica, tengo una carrera, mi esperanza de vida al nacer se aproxima a los 90 años, etc. ¿Cómo puedo ser yo el humillado? ¿Cómo puedo tener derecho a hablar, al poder, a mandarte callar a ti? Muy fácil: mi colectivo (por ejemplo, las mujeres, otra mujeres) han sido históricamente humilladas, sometidas. Yo soy mujer. Luego yo soy una víctima. Luego yo puedo mandarte callar. Y soy hombre, blanco, heterosexual, clase media alta, ¿cómo puedo yo ser una víctima? Ah, soy catalán, víctima de España, y de esos andaluces que nos roban. Etc. Claro, esta espiral de victimismo tiene que tener un límite, un malo absoluto: el español. O el castellano. Conclusión: ser español o castellano se está convirtiendo en la única cosa honesta que se puede ser. Porque solo a los malos absolutos les está vedada la farsa. Solo a los malos absolutos les está vedada la apropiación del sufrimiento ajeno.

    Alejandro 19/10/2021 11:28 Responder

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