Contra el mito del plurilingüismo

plurilingüismo

Adrià Pardo Llibrer | Suele decirse que en España todo el mundo es médico, economista y entrenador de fútbol. Quizás este prejuicio tenga fundamento, pero no deberíamos airearlo continuamente, ya que la situación en otros países no es muy diferente y tienen a bien no sacarla siempre a relucir. En cualquier caso, este prejuicio se extiende también a otros gremios y, así, podría añadirse que todo el mundo es lingüista. No es casualidad. Para tristeza de algunos compatriotas, bilingües y oprimidos de salón, el número de lenguas aquí reconocidas contrasta con el de otras naciones europeas donde, sorprendentemente, nadie se reprocha persecución histórica alguna.

La variedad –que no necesariamente riqueza– lingüística de España es excepcional. Esto es un hecho y un filón para los lingüistas, que no han de irse hasta Borneo para encontrar hablas exóticas, pero ha servido de excusa para la implantación de políticas lingüísticas nocivas que se presentan como garantes de esa variedad excepcional (sin olvidar que tan política lingüística es la immersió catalana como la exigencia del B2 en inglés para obtener un grado).

Entre los políticos y los intelectuales, se tiene una idea del plurilingüismo ideológica y dogmática: ideológica, porque no atiende a la realidad del lenguaje; dogmática, porque parece indiscutible. Como mito, el plurilingüismo presupone que, cuantas más lenguas, mejor. Están, de un lado, los adictos a las Escuelas Oficiales de Idiomas, que acostumbran a coleccionar diplomas acreditativos para frustración de quienes se ven obligados a ello por exigencias burocráticas. De otro, los oficialistas o defensores de la enseñanza y normalización de toda lengua, dialecto o habla de la Península. Los une el ensueño de una raza humana hermanada: los primeros, dejando sin trabajo a los traductores; los segundos, sobrecargando el currículo escolar. Ambos tienen en mente un Babel incorrupto que, en realidad, es un Pseudobabel, pues creen en la armonía de los hombres y los pueblos, paradójicamente, a través de uno de los muros más difícil de franquear: el idioma.

Que esto lo crean los primeros, conversadores fastuosos en las fiestas Erasmus, se comprende; que lo crean los segundos, a menudo desde regiones y posiciones que los eximen de aprender aquellas lenguas cuyo encanijamiento lamentan, no solo es cínico, sino que además contraviene la utilidad última del hecho lingüístico. Expongamos esto de la manera más escolástica posible.

Primero, el lenguaje y la comunicación no son lo mismo. El lenguaje es una parte de la comunicación, si acaso la más importante, pero no es lo mismo el poliédrico juego de sentidos que podemos encontrar, por poner un caso, en un texto sobre filosofía que la indicación de frenar con el semáforo en rojo. Segundo, el lenguaje y la lengua tampoco son lo mismo. En general, toda lengua es una compleja tradición de recursos –gramática, pronunciación, vocabulario– con su propia lógica interna: todo hablante nativo sabe que lo correcto es Quiero que vengas y no *Quiero que vienes, porque si algo está bien dicho en español, solo puede juzgarse a partir de las normas del español; si algo lo está en italiano, a partir del italiano… Tercero, el lenguaje es el modo en que separamos unas cosas de otras (el hielo del agua, la sed del hambre, la tibieza del calor); un poner etiquetas continuo, gracias al cual nos entendemos con otros individuos. Es verdad que el lenguaje siempre se dice a través de una u otra lengua pero, por muy diferentes que sean entre sí, todas nos permiten llegar a conclusiones universales. Por ejemplo: da igual de cuántos verbos disponga una tribu perdida en la Amazonía para hablar de aquello que nosotros llamamos lluvia, lo importante es que en todas las lenguas decir que llueve, cuando no llueve, es una mentira.

No hay profundas idiosincrasias, ni visiones del mundo inaccesibles por lo originario de una lengua; defender esto, por ignorancia o mala conciencia, desprende cierto tufillo etnicista. Las lenguas son compendios de sonidos, palabras y estructuras por las que –sin duda– hemos de pasar para entendernos, pero si nos entendemos es precisamente por el carácter universal del lenguaje, es decir, por aquellas reglas imprescindibles para poder hablar: no se dice una cosa y su contraria; si se dice una cosa y su contraria, ambas no pueden ser verdad a la vez… y un largo etcétera. En este aspecto, todas las lenguas son iguales.

Ahora bien, si todas las lenguas son iguales en su capacidad de expresar razonamientos universales y si, además, ninguna cosmovisión especial subyace tras ellas, muchos se preguntarán entonces por qué no promover el plurilingüismo. Por una razón muy sencilla, que muchos entusiastas del plurilingüismo olvidan: aprender una lengua no es cosa de un par de horas. Si ni siquiera en toda una vida entregada al perfeccionamiento del español –pregúnteseles a filólogos, escritores o poetas– se llega a dominar la lengua materna, ¿cabe esperar que un médico, un taxista o un político se desenvuelvan con soltura en –¡atención!– valenciano, leonés, gallego, batúa, catalán, castúo o eonaviego, así como en la constelación de bables, fablas, dialectos vascuences o variedades de las Islas Baleares y la Franja de Aragón? Podrá objetarse que cada idioma se ciñe a su territorio, pero un plurilingüismo llevado al último extremo exigiría dominarlos todos por igual.

Ese es el mito: cuantas más lenguas, dialectos o hablas se empleen, mejor nos llevaremos todos. Pero, si el lenguaje es un hecho universal que se ve entorpecido por la pluralidad de idiomas existente (en España y en el mundo), no es descabellado afirmar que, cuantos menos idiomas se interpongan entre los hombres, más fácil lo tendrán estos para encontrar puntos de contacto. Negar esto es negar la obviedad de que en ámbitos internacionales tenemos, aunque nos repatee, el inglés como lingua franca y en el ámbito nacional –que tampoco es tal, pues siempre estará Hispanoamérica–, el español. Por fortuna, como nos recuerda la siempre fatua UNESCO, las lenguas perecen a buen ritmo por sí solas. De modo que no se trata de esquilar lingüísticamente la piel del toro, sino de primar una homogeneidad compartida que ponga al mismo nivel a aquellos que tienen una lengua, la común, y a aquellos que tienen dos o tres.

 

Adrià Pardo Llibrer


Filólogo y profesor

Todos los comentarios

  • cuantos menos idiomas se interpongan entre los hombres, más fácil lo tendrán estos para encontrar puntos de contacto —- frase clave, muy acertada. Por algo el mito de Babel.

    La división en idiomas es parte del “divide y vencerás”. Nacionalismo cultural y político, donde quien cuenta es un ente inexistente llamado “lengua” que se transforma de ser un instrumento de comunicación a sujeto de decisión y sentimientos, expresados siempre por los pastores del rebaño de turno. De sus boquitas surgen las órdenes para los borregos. Y crean su cortijo, con un rebaño al que esquilar, ordeñar, sodomizar y finalmente sacrificar. Todo en aras “de la lengua”, supuesta riqueza cultural que realmente si lo es, pero para sus bolsillos, de manera directa o indirecta. Siempre mamando de lo público. Inventándose agravios que justifiquen sus desmanes.

    Nos lo hemos ganado a pulso con este sistema electoral actual, nacido para restar fuerzas a la izquierda, en alianza de los caciques con las élites. Los caciques han visto una buena excusa en la lengua para sacudirse a las élites o al menos subyugarlas mediante chantajes perpetuos. O se cambia el sistema electoral o esto irá a peor.

    Observador 02/05/2022 14:36 Responder

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.