Por la necesaria disolución del colectivo LGTBI

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Ana Pollán | Nada tenemos en común lesbianas, gays y bisexuales. Mucho menos todos ellos con las personas transgénero y transexuales, y menos aún las personas intersexuales con los grupos anteriormente citados, pues la intersexualidad no es ni una orientación ni una identidad. Tampoco existe ideología, ética, convicciones o proyecto político que pueda unir estas siglas ni mucho menos características vitales que hagan similares a estas personas entre sí. Existe, cierto es, un suelo de reivindicaciones mínimas compartidas relativas a luchar contra la discriminación por motivos de orientación sexual entre personas homosexuales y bisexuales. Agenda, por cierto, muy avanzada y prácticamente conseguida en cada vez más países y especialmente en España.

Contra lo que pretenden algunos, las orientaciones sexuales citadas no son políticas y si algo las inserta en la reivindicación política, con toda justicia, es su reconocimiento y aceptación social, de modo que cualquiera pueda vivir con plena legitimidad y naturalidad fuera del armario, mostrarse en público y en cualquier ámbito con su pareja, reconocer libre y abiertamente su orientación sexual sin temer represalia, agresión o comentario despectivo. Es esa aceptación radical y profunda, sin medias tintas y sin que suceda por ser lo políticamente correcto, el único reto del colectivo LGB en España, pues gracias a la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, nunca suficientemente agradecida y celebrada, la igualdad civil y formal entre homosexuales y heterosexuales es felizmente plena. Algo que tambien posibilitan las leyes de igualdad de trato y no discriminación y la propia Constitución.

A ello, se puede unir la reivindicación de educar a nuestros menores en el respeto a dichas orientaciones sexuales y a considerar las únicas tres existentes y posibles (homosexualidad, bisexualidad y heterosexualidad) en pie de igualdad, asumiendo su plena legitimidad. Todo añadido es innecesario. Nuestra agenda es breve y urge una profunda depuración y simplificación de la misma para tomar como propio y necesario lo realmente ineludible e importante. No es comparable a la agenda feminista ni a la socialista, que afrontan opresiones estructurales por sexo y clase respectivamente. La agenda LGB lucha por remover una discriminación parcial y atiende a cuatro o cinco objetivos sencillos: libertad para expresar la orientación sexual (homosexual o bisexual) sin la más mínima represalia, libertad para elegir pareja y visibilizar el hecho de tener pareja del mismo sexo sin temer rechazo alguno, libertad para contraer matrimonio, ausencia de impedimentos para la adopción homosexual, subordinándose siempre esta -como el resto de casos- al interés superior de la persona menor, y mecanismos legales suficientes para penar agresiones o discriminaciones objetivas y probadas por causa de orientación sexual. Es lo suficiente para la plena igualdad entre individuos sea cual sea su orientación sexual.

De hecho, sorprende que los colectivos LGB activistas no se centren en lograr dichos objetivos en países donde sí se produce una sistemática violación de los Derechos Humanos en general y de los de las personas homosexuales en particular. Tal vez los colectivos enredados en políticas identitaristas que nada tienen que ver con la simple y suficiente agenda aquí presentada harían bien en disolverse y refundarse con vocación internacionalista y universalista para asegurar los mismos derechos que aquí disfrutamos a las personas homosexuales y bisexuales que en otros contextos teocráticos u opresivos no pueden siquiera atisbar. También veo oportuno que se vele por su permanencia aquí, en los países donde parecen garantizados, pues siempre hay que permanecer alerta ate cualquier involución. Todo lo demás es agenda queer, neoliberal y misógina, estratégicamente victimista y realmente innecesaria. En fin, que necesitamos poco pero bien hecho, porque, sencillamente, no somos tan especialitos ni tenemos necesidad alguna de ser el ombligo del mundo, más allá del justo y proporcional reconocimiento y respeto profundo.

 

Ana Pollán


Ana Pollán nació en León en 1994. Es graduada en Filosofía por la universidad de Valladolid. Es Máster en Filosofía Teórica y Práctica de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Es doctoranda en el programa de Filosofía, también en la UNED. Es feminista, socialista y republicana.

Todos los comentarios

  • Las siglas LGTB (L de lesbiana,G de gay,T de transgénero, y B de bisexual. Hasta la B nada que decir salvo el exquisito cuidado y atención promovida hacia este colectivo. Con el añadido de la l, de intersexualidad, el colectivo sufre un injusto tsunami que se adentra peligrosamente en el sentimiento identitario. Por si fuera poco hay quien añade a estas siglas la Q de queer, ideología que se adentra ya en la pura y dura negación del genero en una deconstrucción de la sexualidad normativa que traspasa la norma hasta ahora aceptada y nos introduce en un mundo opaco confuso y caótico presidido por una inusitada radicalización y sospechosa violencia de cancelación y desprecio a cualquiera que se le ocurra cuestionar una ideología apoyada por falsos gobiernos progresistas y que afortunadamente empieza a desmoronarse por ella misma

    ricard cayuela dalmau 12/01/2023 17:43 Responder

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