¿Funciona el capitalismo?

¿Funciona el capitalismo?

Iván Álvarez | Visualicemos dos imágenes. La primera es una preciosa skyline de grandes rascacielos, presuponemos que en esa ciudad hay locales de todo tipo y una mayoría de habitantes con todas sus necesidades cubiertas, al menos las estrictamente fisiológicas; la opulencia es manifiesta. La segunda imagen es la de una calle mal pavimentada, con edificios bajos cuya fachada parece una nevera por detrás. Esta dicotomía no es nada maniquea, en absoluto, es la fidedigna representación del liberal medio en redes sociales de lo que es el capitalismo y el socialismo y/o comunismo. No podemos esperar que en la cabeza de una serpiente entre la idea de que en los suburbios de la primera ciudad haya gente en la más absoluta miseria, y en las demás capas sociales otro tipo de problemas que no están directamente relacionados con tener mucho o poco dinero. No cabe en la cabeza de una serpiente que no todos los seres humanos del mundo pueden vivir en megalópolis y vivir como el estadounidense medio, por ejemplo, sin que eso suponga un colapso medioambiental.

Más allá de que todos somos conscientes de los abundantes problemas del capitalismo realmente existente —«realmente existente», pues no compro el fundamentalismo anarcoliberal que dice no haber capitalismo si hay intervención estatal—, parece que todos asumimos que el capitalismo funciona, pues al fin y al cabo la mayoría de los países capitalistas del mundo no colapsan a todos los niveles como lo hizo la Unión Soviética. Sin embargo, no parece que la respuesta a la pregunta que da título a este artículo pueda ser una afirmación categórica, a no ser que consideremos la capacidad de discurrir constantemente —y esto es discutible— como único criterio para determinar si un régimen económico y social «funciona». Si problematizamos la cuestión, si añadimos más criterios para determinar si un modo de producción «funciona», empiezan a surgir los interrogantes. Sin lugar a dudas, el capitalismo genera, en según qué coyuntura, opulencia y una constante revolución de las fuerzas productivas del ser humano. Ello no es óbice para que buena parte de la población mundial viva en la más absoluta miseria. Hagamos números.

Uno de los argumentos más manidos es que la pobreza extrema (por debajo de 1,9 dólares estadounidenses diarios) se ha reducido drásticamente en el último siglo. Seguramente usted, lector, ha visto alguna vez la famosa gráfica que se remonta a principios del siglo XIX (época en la que muchas sociedades ni siquiera utilizaban dinero, por lo que quedan fuera de cálculos de consumo e ingresos) y que muestra un descenso drástico de la pobreza extrema hasta rondar una décima parte de la población mundial. La trampa es evidente: el listón de lo que consideramos pobre está ridículamente bajo. El antropólogo Jason Hickel, en consonancia con reputados economistas burgueses, como David Woodward o Lant Pritchett, considera que el listón debería estar más alto, como mínimo en 7,4 dólares diarios o incluso el doble. Tomando esta medida el número de pobres en términos absolutos ha aumentado hasta los 4000 millones, no decrecido. Más adelante hablaremos de la proporcionalidad. No es este un debate cerrado y estos autores han recibido respuestas, como las de Branko Milanovic o Joe Hassel. Se invita a los lectores a acercarse a estos autores y sus polémicas recientes.

Contando con las discrepancias, sí es cierto que buena parte de estos estudiosos de la pobreza y la desigualdad han llegado a conclusiones comunes: primera, situar la línea de lo que consideramos pobreza extrema en 1,9 dólares diarios es indecente; segunda, la proporción de pobres teniendo en cuenta listones más aceptables no ha decrecido sustancialmente, y donde lo ha hecho ha sido con políticas de fuerte intervención pública, véase China; tercera, la pobreza es multidimensional y no basta con tener un poco de dinero en el bolsillo, en ciertos aspectos sí es cierto que la calidad de vida global ha mejorado, aunque con altibajos; cuarta, la desigualdad o pobreza relativa aumenta, con todas sus consecuencias a nivel social y político; y quinta, con el actual régimen económico y social, las políticas actualmente vigentes, se necesitarían siglos para eliminar la pobreza mundial. Para eliminar la proporción de población considerada pobre la economía mundial tendría que crecer a niveles insostenibles (Philip Alston calcula que se necesitaría como mínimo un crecimiento del PIB mundial del 15000%, es decir, 150 veces la economía mundial actual), así como también soportar todas las crisis estructurales que padece recurrentemente, eso sin tener en cuenta las «contingencias», como pudiera ser una pandemia mundial, pues el Banco Mundial estima que la crisis del coronavirus ha contribuido a que alrededor de 100 millones de personas caigan en la extrema pobreza. A priori no parece que vaya a ser la economía de mercado capitalista la que vaya a terminar con la pobreza mundial.

En lo referente a la desigualdad nos encontramos con otro problema inherente al capitalismo. En la retórica liberal se arguye aquello de que es preferible una sociedad desigual a una pobre. Ya hemos puesto en cuestión la impostura del fin de la pobreza de la mano del capitalismo, ¿qué podemos decir de la desigualdad socioeconómica? Podemos decir en primera instancia que es un fenómeno muy estudiado, por economistas, antropólogos e incluso epidemiólogos. De nuevo, no acudiré a los malvados economistas y estudiosos comunistas para hablar de este problema. El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz arguye que una alta desigualdad fomenta una economía menos eficiente y menos productiva. De la misma manera nos recuerda que la desigualdad está ligada al consumismo y por ende a sus efectos adversos; existe la preocupación, un componente subjetivo, de un individuo con su consumo en relación a los demás, es decir, la desigualdad exagerada es una invitación a consumir innecesariamente, imitar o alcanzar en nivel de vida al que más tiene, lo que a menudo se traduce en endeudamiento y frustración. El economista estadounidense nos habla, siempre desde la óptica de la socialdemocracia neokeynesiana, de otros efectos adversos de la desigualdad que afectan a la democracia liberal burguesa a nivel institucional y político, por lo que no hace falta ser un rojo empedernido para considerar que las sociedades desiguales, por muy opulentas que sean, son verdaderamente indeseables. Richard Wilkinson y Kate Pickett, ambos epidemiólogos, han abordado la correlación entre desigualdad socioeconómica y el deterioro de las relaciones sociales y comunitarias, el deterioro de la salud mental de las personas, los índices de consumo de drogas, el fracaso escolar, esperanza de vida, etc. Se recomienda a este respecto el último libro del —este sí— marxista César Rendueles, titulado Contra la igualdad de oportunidades.

Dicho lo cual, recapitulamos, el capitalismo no parece que vaya a ser el régimen económico y social que acabe con la pobreza, y ni mucho menos con la desigualdad. El capitalismo funciona en tanto en cuanto parece que le quedan muchos años de recorrido, pero será un recorrido que, como todos los modos de producción hasta el momento, tendrá su fin. Será un recorrido aderezado por una competencia entre capitales y guerras de divisas y recursos entre Estados que en ocasiones se tornarán en guerras de fusiles y drones. Un recorrido atravesado también por las más obscenas desigualdades y la mercantilización de todos los ámbitos de la vida humana. A la difícil sostenibilidad económica, social y política, se suma la medioambiental; un problema que ya empieza a repercutir en nuestras vidas, dicho esto tomando distancias con el ecologismo burgués, a menudo justificante de las políticas de las clases dominantes y sus potencias políticas y militares.

A este escrito seguramente se le puedan achacar muchas lagunas y omisiones. Quizás alguna persona decida que la respuesta rápida sea apelar a la caída de la URSS, a que ningún socialismo realmente existente consiguió perdurar. Es cierto, la solución a estos problemas no es la reedición de la URSS o de la Camboya de Pol Pot. Pero de la misma manera que los partidarios de la economía de mercado no niegan su pertinencia por los errores o los constantes conflictos y colapsos que se dan en la economía capitalista mundial, no esperen que los que nos definimos socialistas o comunistas vamos a renunciar a intentarlo más veces, mientras nos sintamos amparados por el aprendizaje de nuestros errores y aciertos históricos. La historia de la humanidad es una historia de cambios constantes y revoluciones, y en esas estamos y estaremos.

Seguramente no podamos aspirar a una sociedad plenamente equitativa, sin ningún tipo de jerarquía, injusticia o arbitrariedad; no me parece honesto ni realista aspirar a una sociedad perfecta cuando nosotros somos imperfectos. Sin embargo, el orden de cosas actualmente existente exige su superación, no paliativos. A la realidad me remito.

 

Iván Álvarez


Nació en Asturias en 1994. Es historiador y tiene formación en análisis sociocultural. Escribe una columna satírica para la revista digital El Cuaderno, aunque también ha publicado en La Trivial.

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