El jacobinismo es un universalismo pendiente (parte 1 de 3): Las terribles teorías de la Montaña

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Juan Antonio Cordero | (ver parte 1 de 3: Las terribles teorías de la Montaña)(ver parte 2 de 3: Una aspiración ilustrada, democrática e igualitaria)(ver parte 3 de 3: Actualidad del jacobinismo)

 

El diálogo transcurre en la famosa novela de Alejandro Dumas, publicada en 1845. El conde de Montecristo se dirige al fiscal De Villefort. “¿Vuestro padre no era bonapartista?”, le pregunta; “Me parece recordar que algo así me habíais dicho”. Incómodo, el fiscal se distancia ostensiblemente de su padre, que peor aún que bonapartista, era jacobino: “Mi padre fue jacobino antes que cualquier otra cosa (..). Cuando mi padre conspiraba, no lo hacía por el Emperador [Napoleón], sino contra los Borbones; mi padre tenía eso de terrible en él: nunca combatió por las utopías irrealizables, sino por las cosas posibles, y al éxito en esas cosas posibles se dedicó a aplicar las terribles teorías de la Montaña [facción extrema del jacobinismo parlamentario] que no retrocedían ante nada…”. Pese a la censura filial que tiene que expresar el personaje —celoso servidor y figura prominente de los regímenes reaccionarios que su padre había combatido—, sus palabras traslucen, con escaso disimulo, la simpatía del novelista hacia los viejos jacobinos.

Además de un homenaje velado, las palabras que Dumas pone en labios de Villefort ofrecen una síntesis certera sobre el fenómeno jacobino. Contra la imagen más o menos estereotípica de violencia, intransigencia o fanatismo, ligada a la figura de Robespierre “el Incorruptible”, el jacobinismo es, como apunta Dumas a través de Villefort, esencialmente un pragmatismo. Una tensión constante, no siempre bien resuelta (a veces, sangrientamente resuelta), entre los ideales, la teoría y las ambiciones —“las utopías irrealizables”—, por un lado; y las exigencias de la acción y la práctica política en cada momento —“las cosas posibles”—, por otro. Un pragmatismo universalista o un universalismo pragmático, al servicio de la Revolución y de sus “terribles” promesas fundacionales, pero decidido a intervenir sobre la realidad desde cualquier resquicio posible. En las calles, en las tribunas de los clubs, en la prensa, en los Parlamentos o en los gobiernos: es esa combinación de determinación y dirección la que explica la potencia y el atractivo del jacobinismo como fuerza de emancipación, resistencia a la opresión, desafío al oscurantismo y transformación social, no sólo en la Francia de finales del siglo XVIII, sino también en otras latitudes y en otros momentos históricos.

 

Parte 1 de 3: Las terribles teorías de la Montaña

El club jacobino nacía oficialmente en París, bajo la denominación de “Sociedad de Amigos de la Constitución”, en el convento de los dominicos (o “jacobinos”, por estar su orden dedicada a San Jacobo) de la rue Saint-Honoré, el 19 de octubre de 1789. El rey y la Asamblea Nacional se habían instalado en París en los días precedentes, procedentes de Versalles, bajo la presión y sometidos a la estrecha vigilancia de las masas populares parisinas; los clubs y asociaciones políticas que orbitaban en torno a ambos poderes (real y parlamentario; ejecutivo y legislativo) se desplazaron con ellos. Los reunidos en el convento de la rue Saint-Honoré —que empiezan a conocerse como jacobinos a partir de entonces— eran los miembros del “club bretón” de Versalles, que agrupaba originalmente a los representantes reformistas del Tercer Estado, y a los diputados constitucionales (partidarios de una Constitución) y más progresistas de la nueva Asamblea Nacional. Los lideraba entonces el conde de Mirabeau, diputado de la Provenza, que pasaría a la Historia, además de por haber afirmado la inviolabilidad y la soberanía de la Asamblea frente a un emisario del Rey (“…no abandonaremos esta sala más que por la fuerza de las bayonetas”), por ser uno de los principales redactores de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano.

La reivindicación de la Constitución, primero, y la consolidación de esa Declaración de Derechos que la encabeza, después, constituyen los primeros mots d’ordre de club jacobino. La Declaración no es patrimonio exclusivo del jacobinismo, pero constituye, si no el programa político, sí las coordenadas intelectuales en que se mueve y con las que se orienta el universo jacobino. Su ambición universalista y emancipatoria es explícita desde sus primeros artículos, “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos (..); los derechos naturales e imprescriptibles del hombre son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión” (arts. 1 y 2). También lo son las nociones de política y Constitución que manejan los revolucionarios, que son inseparables de esos derechos: “el objeto de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre (..). Una sociedad en la que no estén garantizados los derechos, ni determinada la separación de los poderes, carece de Constitución” (arts. 2 y 16). Cuando los primeros jacobinos reivindican la Constitución y se proclaman “amigos” de ésta, no se refieren a ningún texto fundamental concreto; reclaman un ordenamiento social que asegure los derechos fundamentales y los proteja frente al despotismo, en particular, consolidando la separación de poderes.

La aspiración del jacobinismo —como la de la Revolución a la que acompaña y por la que vela— es universal, porque universales son los derechos del hombre que proclama y aspira a proteger frente a tentaciones despóticas o fanáticas. Sólo las limitaciones logísticas y prácticas —el jacobinismo es un pragmatismo, no una filosofía— reducen su alcance a perímetros más reducidos: los de nación política, patria revolucionaria y República. Esa capacidad para dirigirse y apelar a todos, que más tarde hará suya el socialismo (“el género humano es la Internacional”), explica su enorme resonancia y la longeva persistencia de sus ecos, dentro y fuera de las fronteras galas: desde el Caribe hasta la Turquía post-otomana y la Rusia de los zares, pasando por Inglaterra, España, Italia, Holanda o Alemania, la Revolución y el ideario jacobino causan un terremoto político y social de largo alcance en Europa —y, a través de ella, en buena parte del mundo—, e inspiran numerosos movimientos de liberación, resistencia y modernización, incluso en condiciones y circunstancias desconocidas o difíciles de concebir para los primeros actores de la Revolución. Es en nombre del universalismo de los derechos que se alzan los esclavos de la colonia francesa de Santo Domingo, en una lucha contra la metrópoli y por la emancipación dirigida por Toussaint Louverture y los llamados “jacobinos negros”. Y es desde el núcleo igualitario del jacobinismo que la revolucionaria Olympe de Gouges reclama —a los dirigentes jacobinos de la época— la igualdad plena entre hombres y mujeres, exigiendo que los Derechos reconocidos en la Declaración sean tanto del Hombre como de la Mujer: será guillotinada, pero su combate será retomado por generaciones posteriores de feministas de inspiración jacobina, hasta nuestros días.

La misma onda expansiva que convierte a la Revolución en un fenómeno global, levanta poderosas suspicacias y resistencias a su paso. Y para los más suspicaces —no sin razón—, será justamente el universalismo jacobino el factor más desestabilizador y más corrosivo para el orden establecido. La abstracción y la vocación universal de los derechos proclamados será el principal reproche que la Revolución reciba entre sus críticos conservadores y tradicionalistas más prominentes, desde Edmund Burke hasta Joseph de Maistre. Este último ironizaba, famosamente, sobre la apelación revolucionaria a un Hombre abstracto que, a su juicio, no existía y no podía ser sujeto de derechos: “En mi vida, he visto a franceses, ingleses o alemanes, y gracias a Montesquieu, sé que incluso se puede ser persa; pero un Hombre, eso no lo he encontrado en toda mi vida…”.

 

(Continúa)

 

Juan Antonio Cordero

 

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Juan Antonio Cordero (Barcelona, 1984) es licenciado en Matemáticas y doctor e ingeniero en Telecomunicaciones. Ha sido investigador posdoctoral en la Universidad católica de Lovaina (Bélgica) y en la Universidad Politécnica de Hong Kong (China). En la actualidad es profesor (maître de conférences) en École Polytechnique (París). Autor del ensayo Socialdemocracia republicana, hacia una formulación cívica del socialismo (Montesinos, 2008), ha colaborado también en medios como Crónica Global, Ctxt, Letra Internacional, Revista de Libros o Claves de Razón Práctica.

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