La desgracia del catalán

La desgracia del catalán

Marina Pibernat | Son muchos y variados los símbolos que el nacionalismo catalán ha establecido como identificativos de Cataluña y la catalanidad. La figura del hereu y la pubilla, la sardana, la barretina, el Barça, los castellers, el caganer del pesebre, una especie endémica de burro, un gorila blanco, una virgen negra… Todo este repertorio simbólico descansa sobre la piedra angular de la identidad catalana, que no es otra que la lengua catalana.

El lenguaje es siempre y en sí mismo un complejo sistema de símbolos que nos permite comunicarnos a través de las palabras. Habladas mediante un sistema fonético, o bien escritas mediante un sistema gráfico, las palabras nos remiten a objetos, a conceptos, a ideas. El lenguaje es un sistema de símbolos intrínseco a la humanidad, definitorio de lo humano, y no existe al margen de todas las demás vertientes de la vida social. Para bien o para mal, las lenguas son siempre un asunto político. Y eso no es necesariamente negativo, sino que dependerá de qué uso político le dé quién y según qué intereses.

Las lenguas pueden servir tanto para unir como para separar. Lo mismo que pueden acercarnos a alguien, pueden alejarnos. El placer de aprender un idioma radica sobre todo en poderse comunicar con otras personas a través de un sistema simbólico, un idioma, que antes desconocíamos. Pero al mismo tiempo un idioma puede convertirse en un marcador identitario tan potente como la religión. Los conflictos entre grupos sociales que profesan distintos sistemas de creencias han sido y siguen siendo muy habituales. El sistema de símbolos que constituye un idioma puede llegar a desempeñar una función parecida, convertirse en algo que diferencia a un grupo social frente de otro, incluso llegando al conflicto.

Pero los seres humanos no estamos predestinados a odiarnos ni matarnos entre nosotros así por las buenas sólo por seguir distintas religiones o hablar distintas lenguas. Ambas son a menudo un pretexto, la llamativa guinda del pastel de ese conflicto. Pero el pastel está hecho de harina, cuya obtención requiere un proceso económico y productivo, cultivar el trigo, moler el grano y distribuir la harina. Es decir, detrás de esos conflictos que aparentemente son sólo identitarios están los recursos y los intereses económicos y políticos de alguien.

Cataluña y el catalán no son una excepción. Para la élite política catalana es demasiado goloso disponer de una lengua minoritaria que despierta simpatías como para no emplearla en su beneficio. El catalán tiene la desgracia de servirles como elemento principal alrededor del cual articular una identidad nacional  que les mantenga en el poder. Es en ese sentido que debe entenderse la defensa a ultranza de la inmersión lingüística en la escuela catalana, que recientemente ha vuelto a suscitar el debate. Nada nuevo, típico de las derechas. Menos mal que no disponen también de una religión.

La lengua más hablada en Cataluña, región de España, es el castellano o español. Sin embargo, desde hace décadas la Generalitat catalana ha impuesto la enseñanza casi exclusivamente en catalán, en detrimento de los derechos lingüísticos de la mayor parte de alumnado catalán, cuya lengua materna es el castellano. El objetivo de estas políticas lingüísticas en Educación es la creación entre la infancia y la juventud de un sentimiento de pertenencia a Cataluña en contraposición al resto de España. Para la derecha catalana, la escuela es la pieza fundamental de formación del espíritu nacional catalán.

Esta imposición es aceptada y alentada incluso por quienes deberían representar la izquierda y por los sindicatos, desarmados ante el clásico discurso victimista del nacionalismo: como el catalán es una lengua minoritaria y en peligro, pueden suspenderse los derechos lingüísticos del alumnado castellanohablante. Total, su lengua es de las más habladas en el mundo. Que se aguanten. Según ese discurso, es mucho más importante que dentro de trescientos años se siga hablando catalán que los derechos del alumnado catalán de hoy. Y todo esto con el beneplácito de los distintos gobiernos de España, a quienes les importan bien poco los derechos lingüísticos de los hijos e hijas de la clase trabajadora castellanohablante en Cataluña. Porque sus acuerdos de gobierno y sus negocios no los tienen con ningún alumnado, sino con las élites políticas  y económicas catalanas, esto es, con la derecha catalana.

En Cataluña se ha creado una jerarquía lingüística en la que el catalán representa el idioma bueno, prestigioso y hasta integrador. Y el español, en cambio, representa el malo, el idioma de las barriadas, de la gente pobre, de la inmigración que vino a la maravillosa Cataluña porque no tenía dónde caerse muerta. El catalanismo exige que le den las gracias a Cataluña por ello, igual que un empresario exige que los trabajadores a los que explota le estén agradecidos por haberles dado trabajo. Esa exigencia pasa por el aprendizaje del catalán, el idioma bueno, y por la connivencia con el nacionalismo catalán.

Cataluña ha necesitado y necesita inmigración para ocupar los puestos de trabajo más precarizados y mal pagados, principalmente del sector servicios ahora mismo. La población catalanohablante ocupa puestos de trabajo más profesionalizados y mejor pagados, y cuando va a tomar un café, acude al ambulatorio o compra en un comercio, quiere que la camarera, la enfermera o la dependienta inmigrante le sirva o atienda en catalán. Pero no hay suficiente población catalanohablante para eso, por lo que es necesaria la inmigración. Así que el nacionalismo catalán enfrenta aquí una curiosa paradoja, porque Cataluña requiere inmigración para su sistema socio-productivo, pero al mismo tiempo esa inmigración supone una amenaza para la catalanidad. Por eso había pancartas llamando que rezaban “fuera colonos” en la manifestación a favor de la inmersión lingüística en pasado día 19 de diciembre.

Aquí es cuando el catalanismo enseña su rostro xenófobo y clasista detrás de la máscara de la falsa cohesión social, cuando se pone en cuestión la inmersión lingüística. El nacionalismo siempre teme que su identidad nacional sea diluida por la llegada de inmigración, como han puesto de manifiesto muchas declaraciones de políticos nacionalistas, desde el abiertamente racista Heribert Barrera hasta Quim Torra. Y no es que sea un miedo infundado, porque ninguna sociedad es, ni se puede mantener, “pura”, tampoco en cuanto a la lengua. Eso no existe. Cuando intentan llevar a cabo su proyecto político basado en la pureza etno-lingüística, entonces estamos inequívocamente delante de la extrema derecha.

Los derechos de más de la mitad de la población catalana que se expresa en español llevan décadas siendo sistemáticamente conculcados por parte del nacionalismo catalanista, cuyas bases ideológicas son las del romanticismo alemán, que define la nación en base a tres elementos simbólicos: la lengua, la tierra y la sangre. Nada bueno puede salir de ahí. Como catalana y catalanohablante, lamento profundamente el uso que el gobierno de la Generalitat ha hecho a mi lengua materna, convirtiéndola en arma contra la propia sociedad catalana, haciendo de ella una lengua insignia de un movimiento claramente clasista y con claros tintes supremacista.

Lo que le faltaba a una lengua que hablan menos de 8 millones de personas en el mundo es que la mayor parte de sus hablantes y representantes políticos se las den de superiores. Ocurre que el verdadero objetivo del poder político en Cataluña no es salvar el catalán. Por eso es habitual que llevan a su prole a escuelas internacionales, donde no hay inmersión lingüística. Pero la imponen en la educación pública con el objetivo político que hemos descrito, la generación de una identidad, un sentimiento de pertenencia a Cataluña al que apelar para seguir en el poder. Ni más ni menos.

Un idioma minoritario puede tener usos reprobables o despreciables, más allá de los discursos bienintencionados sobre la conservación de la diversidad lingüística, que son fáciles y agradables de suscribir. Lo cierto es que la realidad es mucho más intrincada y mucho menos complaciente. En cualquier caso, nunca las personas y sus derechos deben estar por detrás de la intención de conservar una lengua. Y en Cataluña, el alumnado castellanohablante es rehén de las políticas lingüísticas de la derecha nacionalista. Y algún día esto debe acabar, también por el bien del catalán.

 

Marina Pibernat


Marina Pibernat Vila nació en Girona en 1986, y es antropóloga e historiadora. Como comunista y feminista, ha militado en partidos y organizaciones de izquierdas en favor de los derechos de la clase trabajadora y las mujeres. También se ha opuesto al nacionalismo catalán y al intento de proceso independentista llevado a cabo en Cataluña por parte de la derecha catalana.

Todos los comentarios

  • Felicidades Marina!¡ por fin alguien de Izquierdas valiente!

    Juan Marín 25/12/2021 10:32 Responder
  • Acertadísimo análisis que incide en el principal motivo del monolingüismo como es su instrumentación como factor de mantenimiento del poder por las decadentes élites económicas de Catalunya y sus voceros politícos en sociales. Como resultado una triste situación, como bien remarca el título, para las clases populares tengan la que tengan como idioma materno. Muchas gracias por su análisis lúcido y valiente. Vi también la magnífica entrevista de Marc Luque a Ana Losada y quisiera felicitar asimismo a El Jacobino por dar luz y dignidad a las posiciones de izquierda no claudicantes en España. Salut

    Sebas Justicia 27/12/2021 12:35 Responder
  • El artículo es bastante exacto, si no fuese por la carcajada que produce leer que la política de uso de la lengua en Cataluña es una cosa de derechas. Como si ERC no tuviese nada que ver (si no me equivoco gobierna en la actualidad), o como si PSC no hubiese potenciado ese mismo uso de la lengua catalana durante los 8 años en los que gobernó.

    Joan Vallvé 28/12/2021 09:10 Responder

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