Entre dos tierras: Sobre el arte de la expatriación, Ulises y la Hispanidad.

Entre dos tierras

Adolfo Martínez Rodríguez | A finales del siglo XX España despertaba sumergida en el mundo de la globalización, siendo una pronta democracia europea, y además sufriendo las consecuencias de una inminente crisis económica. A raíz de estos eventos, el país se preparaba para la mayor exportación de capital humano desde tiempos guerracivilistas (demasiada <madurez intelectual> de golpe en tan poco tiempo, citando a Kant.)

Por aquellos años -no tan lejanos- en televisión veíamos numerosos programas sobre ‘Españoles en el mundo’ donde se nos mostraba -siempre- de manera idealista las ventajas de vivir fuera de España y la felicidad extrema que ello supone. Es decir, la oportunidad que no debiéramos dejar pasar.

Por otro lado, el documental con título <Entre dos tierras>, presentado en 2019 y dirigido por Javier Moreno Caballero narra la experiencia de varios ciudadanos españoles expatriados en Londres a raíz de la crisis económica española, a modo de gabinete psicológico, donde se muestran todas las repercusiones irresolubles en la mentalidad de los invitados debido al cambio de vida.

Este articulo no trata de fomentar una leyenda negra (otra más) ni tampoco una leyenda rosa edulcorada, si no que trata de analizar las consecuencias materiales y hacer un análisis objetivo de la realidad que se supone el cambio de vivir en un país diferente al tuyo.

<Entre dos tierras> explica los duelos que sufren los ciudadanos extranjeros fuera de su comunidad. Estos duelos tienen que ver con la ruptura cultural comunitaria principalmente, donde se cortan todos los lazos patrios desde una perspectiva totalmente etnocéntrica. Este concepto -el etnocentrismo- supone que la cultura propia y el modo de vida particular, se presenta superior por encima de otra cultura a través de la comparativa constante. Estos llamados se encuentran representados rotundamente desde la posición del retorno a casa constante, pero lo cierto es que pensar en volver a casa las 24 horas del día impide las relaciones sociales y personales, la inserción laboral y un futuro sin incertidumbre.

Pero esto no es así realmente. Y además, a lo único que conduce es al sufrimiento o a algo aun peor: el aislamiento. La inserción laboral es posible, también y encontrar amigos para toda la vida (Al final Viernes se hizo amigo de Robinson Crusoe), y por qué no, el amor, siempre y cuando el individuo se enfrente cara a cara al concepto del retorno a casa.

Hace ya más de 2000 años que Homero relató el viaje de Odiseo, guerrero procedente de Ítaca (Ulises en castellano). Odiseo combatió con fervor durante 10 años en las murallas de la antigua Troya, y al finalizar la guerra, nunca imaginó que lo más difícil sería efectivamente el viaje de retorno a casa, donde se encontraría de nuevo con Penélope, el amor de su vida.

España es famosa por su manera de ser, especialmente por ser un país abierto y solidario. Todo el mundo que ha viajado a España desde una posición meramente turística se lleva de vuelta una impresión alegre del país. Nuestra cultura es comunitaria. Nos gusta el sentimiento de pertenencia grupal y familiar. Recuerdo que un buen amigo me dijo: No echas de menos España, sino la Hispanidad. Es decir, nuestro <modo de vida>.

No hay que dejar de tener en cuenta que España se construyó sobre el ideal católico comunitario, y que éste lo tomó por herencia del pueblo griego (concepto que se tomó del platonismo y posteriormente por el neoplatonismo): el mundo material sería solamente un impedimento para conocer la verdad y el mundo de las ideas, es decir, <nuestra verdadera casa>, por lo que el regresar al hogar, en el mundo material, no tendría mucho sentido.

Es curioso como los personajes del documental -y todos los expatriados- tenemos el sentimiento de no pertenencia a ninguno de los países, tanto el de origen como en el extranjero, así como el de culpabilidad por haber abandonado el hogar.

Si comparamos la historia de España -y su consiguiente decaimiento como Imperio- con el Imperio romano, que tardó en descomponerse unos 500 años (téngase en cuenta que la fecha no es exacta sino ilustrativa), a España le quedarían muchas millas que recorrer en este terreno, donde además de la inmigración no natural, probablemente se le sumarían otros problemas, como el de la desertización o abandono de las zonas rurales, por no mencionar la evidente inestabilidad política.

Por el contrario, la cultura noreuropea ha fomentado -por diferentes causas- un modo de vida menos comunitario, más personal, totalmente opuesto al del sur de Europa. Es curioso como Kant, ideólogo y fundador del idealismo alemán, no salió jamás de su ciudad natal. Pero esto no es lo común. Desde una época muy temprana numerosos escritores y artistas han sido forzados a emigrar, bien por protección personal o bien por trabajo. Cabe recordar como ejemplo que Wagner, el compositor alemán, estuvo comiendo patatas una larga temporada en París para poder llegar a fin de mes. Bach viajaba constantemente para presentar sus obras -descubiertas por Mendelssohn. Yéndonos mucho más lejos, fue la inmigración la culpable de que Zenón de Citio se introdujera por casualidad en el mundo de la filosofía.

A menudo se dice que los millenials son la generación más preparada hasta el momento y no es cierto. Es la generación con el acceso más fácil a la información digital, y por tanto, gracias a la simplicidad del manejo tecnológico, los millenials han desarrollado un concepto de la inmediatez completamente erróneo que genera grandes frustraciones personales al verse obstaculizados sus objetivos.

Sea como fuere, os echamos de menos desde fuera.

Fdo: un expatriado más.

 

Adolfo Martínez Rodríguez


Músico y compositor madrileño residente en Rotterdam. Bioquímico de profesión, y estudiante de Filosofía por la UNED.

Todos los comentarios

  • Ciertamente. Vender ese estilo de vida de expatriado como cool, pasando por encima del vínculo antropológico con la comunidad, no solo es artificioso sino perverso: en mi opinión, una forma más de alienación capitalista.

    Alba Díaz 27/07/2021 20:51 Responder

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