El conflicto Rusia-Ucrania (o no hay efecto sin causa)

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Miguel Candel | El conflicto Rusia-Ucrania, como toda guerra, ha sacado lo peor (y, en pequeña medida, también lo mejor) de los seres humanos enfrentados a situaciones límite. Así ha sido, al menos, en el viejo semicontinente llamado Europa (hay, sí, cinco continentes, pero no son los que cantábamos en la escuela los niños de mi generación, sino estos otros: Eurasia, América, África, Australia y la Antártida).

Para Europa ha sido el despertar de un sueño (¿dogmático?): el sueño de la razón geoestratégica, que, tal como señaló Goya, produce monstruos. Monstruo es, en efecto, un tratado supuestamente defensivo creado inicialmente para salir al paso de cualquier intento de construcción de una potencia militarista con ansias hegemónicas como la Alemania de la primera mitad del siglo XX, pero desviado casi enseguida de esa función para enfrentar a la Unión Soviética y sus aliados. ¿Monstruo? «Producción contra el orden regular de la naturaleza» (D.R.A.E.). Cierto que un tratado no es algo que pertenezca al orden de la naturaleza en general, pero sí a la naturaleza humana en particular en cuanto dotada de ciertas capacidades de invención, cálculo, relación social y cooperación o competición. Pues bien, el Tratado de Washington en que se basa la llamada Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), firmado el 4 de abril de 1949, admitiendo que formara parte del «orden regular de la naturaleza» humana temerosa y precavida mientras existía un bloque de países a los que se atribuían designios de expansión de su sistema socioeconómico y político, parece claro que dejó de formar parte de ese orden regular desde el momento en que ese otro bloque dejó de existir como tal, el 25 de febrero de 1991, diez meses antes de la disolución de su miembro principal, la Unión Soviética (sin olvidar que, contra lo que parece creer mucha gente desinformada, el Pacto de Varsovia no se creó antes, sino seis años y diez días después de la OTAN, el 14 de mayo de 1955, exactamente cinco días después de que la República Federal de Alemania ingresara ―contra la más elemental interpretación de lo establecido en su constitución fundacional― en la OTAN).

Sí, la Europa dormida en los laureles de una prosperidad envidiable (aunque muy mal repartida), que soñaba con haber dejado atrás para siempre la interminable secuela de conflictos armados en su suelo (y a la que no despertaron de su sueño las guerras fratricidas que, alentadas por Alemania y los Estados Unidos, destrozaron la antigua Yugoslavia), está todavía restregándose los ojos tras el amargo despertar del 24 de febrero, fecha de inicio de la intervención militar rusa en Ucrania.

¿Violación del derecho internacional? Por supuesto. Una más, aunque sin duda una de las más graves por la envergadura de la operación y de los daños humanos y materiales que está causando y causará. Pero sería injusto no recordar lo dicho: que es una más, la última, por el momento, de una larga serie de actos de fuerza que se han pasado el derecho internacional por el arco de triunfo. Sin ánimo de ser exhaustivos (cosa difícil en un simple artículo de estas dimensiones) ni de remontarnos más allá de 1945, he aquí algunos casos:

-Derrocamiento, el 19 de agosto de 1953, del primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh, mediante golpe de Estado orquestado por los Estados Unidos (“Operación Ajax”) y el Reino Unido (“Operación Arranque”). Considerado como la primera acción encubierta de los Estados Unidos para derrocar a un gobierno extranjero en tiempos de paz.

-Derrocamiento, el 27 de junio de 1954, de Jacobo Arbenz, presidente legítimo de Guatemala, por un golpe de Estado dirigido por el Gobierno de los Estados Unidos, con el patrocinio de la United Fruit Company y ejecutado por la CIA mediante la operación “PBSUCCESS”.

-Invasión, en abril de 1961, de Bahía de los Cochinos, o Playa Girón, en Cuba, por milicias de cubanos anticastristas con apoyo militar y logístico de los Estados Unidos.

-Intervención de tropas estadounidenses en Vietnam (llegando a los 600.000 efectivos), con el pretexto de un inexistente ataque norvietnamita al destructor Maddox en el golfo de Tonkin el 4 de agosto de 1964. Las operaciones terrestres, que duraron once años, fueron acompañadas de bombardeos masivos que triplicaron con creces el número de bombas arrojadas durante toda la Segunda Guerra Mundial. Se emplearon también armas químicas en grandes proporciones, como el denominado “agente naranja”. El saldo de víctimas de la guerra se cifra en decenas de millones.

-Derrocamiento, el 11 de septiembre de 1973, con apoyo directo de la CIA, del legítimo gobierno chileno de Salvador Allende, sustituido por el régimen dictatorial de Augusto Pinochet.

-Ejecución, a partir de noviembre de 1975 (poco después de finalizada la guerra de Vietnam), de la “Operación Cóndor”, campaña de represión política y terrorismo de Estado respaldada por los Estados Unidos, con participación directa de agentes y militares de dicho país, en la mayoría de los países de América Latina: Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela.

-Invasión, el 25 de octubre de 1983, de la isla de Granada por tropas de los Estados Unidos, y derrocamiento del gobierno de Hudson Austin.

-Bombardeo y consiguiente invasión, el 19 de diciembre de 1989, de la República de Panamá por tropas de los Estados Unidos, con miles de víctimas y derrocamiento y apresamiento de su presidente, Manuel Antonio Noriega.

-Bombardeos de la OTAN (con participación de Alemania) contra Belgrado y otras ciudades de Serbia durante 78 días a partir del 24 de marzo de 1999 so pretexto de evitar (guerra preventiva) que Serbia llevara a cabo un supuesto proyecto de “limpieza étnica” en Kosovo, proyecto cuya existencia nunca ha sido demostrada.

-Invasión de Afganistán, el 7 de octubre de 2001, por tropas estadounidenses y británicas, como presunta represalia por los atentados terroristas del 11 de septiembre de aquel año en Nueva York, en los que el gobierno de Afganistán no tenía responsabilidad ninguna, por más que el presunto instigador de los atentados, Ussama Bin Laden, se hallara refugiado en su territorio.

-Invasión de Irak, el 20 de marzo de 2003, por tropas de los Estados Unidos y el Reino Unido, bajo el pretexto, demostradamente falso, de la posesión por Irak de armas de destrucción masiva.

-Intervención militar de la OTAN en la guerra civil de Libia, a partir de abril de 2011, con bombardeos que iban más allá de la zona de exclusión aérea autorizada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

-Apoyo explícito de los Estados Unidos y el Reino Unido al golpe de Estado de Kíev, Ucrania, de febrero de 2014, aprovechando la situación creada por diversas protestas populares.

Por supuesto, tampoco hay que olvidar intervenciones en Estados soberanos por parte de tropas de países ajenos al bloque occidental, como fueron los casos de Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968 o Georgia en 2008, sin olvidar la intervención soviética en Afganistán entre 1978 y 1992, aunque en este caso parece claro que dicha intervención contaba con  el beneplácito del gobierno establecido y venía a respaldarlo en su lucha contra la insurrección de grupos armados islamistas.

¿Quiere ello decir que los abusos de unos justifican los de otros? En absoluto. Lo que sí quiere decir es que el derecho internacional es de una fragilidad extrema, porque a diferencia de lo que ocurre con el derecho nacional (a poco que se trate de Estados con un mínimo de seguridad jurídica), en que existe un poder, reconocido en principio por todas las partes, dotado de medios suficientes para hacer respetar dicho derecho, ese poder no existe a escala internacional. En efecto, las Naciones Unidas constituyen un foro en que concurren enanos y gigantes (en demografía, en riqueza y en fuerza militar), por lo que el único órgano con un cierto poder sancionador, que es el Consejo de Seguridad, reconoce a los “gigantes” (y desde un simple criterio de realismo político no podía ser de otra manera) el famoso “derecho de veto”, lo que hace inviable cualquier intento de reprimir los abusos de esos gigantes. Sólo los de los enanos (y eso, si no son muy amigos de alguno de los gigantes). Respecto a los abusos de los países “medianos” pocos son también los casos en que se ha podido ponerles coto. Un caso especialmente llamativo por lo excepcional fue el del intento de Francia, Reino Unido e Israel, en 1956-1957, de hacerse con el control del Canal de Suez en respuesta a su nacionalización por el gobierno egipcio de Gamal Abdel Nasser. En esa ocasión, la Unión Soviética y los Estados Unidos, amparados en el sentir mayoritario de la Asamblea General de las Naciones Unidas, presionaron conjuntamente a los tres países agresores y consiguieron su retirada.

Pues bien, ¿qué pasa en el ámbito nacional si el poder legítimo se muestra incapaz de impedir los abusos de alguna de las partes constitutivas del país? Muy simple: que ese poder queda automáticamente deslegitimado y las partes, erigidas en facciones, se consideran a sí mismas legitimadas para tomarse la justicia por su mano. Eso mismo, ni más ni menos, es lo que viene pasando, prácticamente desde siempre, en el ámbito internacional.

Por otra parte, siendo verdad que los abusos de unos no justifican los de otros, verbigracia: las intervenciones armadas de los Estados Unidos en su entorno geográfico inmediato no justifican las intervenciones de Rusia, por ejemplo, en el suyo, ¿qué decir cuando el abuso del uno se produce en el entorno geográfico inmediato del otro? ¿Es o no es un abuso de esas características instalar lanzadores de misiles de alcance medio en el entorno geográfico inmediato de otro país? Así lo entendió el gobierno de los Estados Unidos en 1962, cuando plataformas de esa clase de misiles fueron instaladas por la Unión Soviética en Cuba y el presidente Kennedy anunció que, de no ser retiradas, ordenaría el bombardeo y la invasión de la isla.

Desde la OTAN se argumenta que los misiles ya instalados en los países bálticos, Polonia y Rumania son meramente defensivos y responden a los intereses de legítima defensa de esos países frente a un posible ataque ruso. Semejante tesis quedó desautorizada ya hace años por sus propios defensores cuando ante las protestas de Rusia por ese despliegue se le respondió que esas armas no apuntaban a Rusia sino ¡a Irán! Es decir que unos misiles capaces de llegar desde Polonia hasta el relativamente lejano Irán ¿no son capaces de llegar hasta la vecina Rusia, con lo que dejan automáticamente de tener carácter meramente defensivo (como sí lo tendrían, en cambio, unos misiles de corto alcance)? A la luz de todo ello, ¿cómo cabe valorar la reiteradamente anunciada intención de la OTAN de poner bajo su “protección” a Ucrania, así como el conocido entusiasmo de los actuales dirigentes de ese país ante semejante idea?

Cuando se invoca la (innegable) violación por Rusia de la Carta de las Naciones Unidas, se suele olvidar que el artículo 2, apartado 4, de dicho texto clave del derecho internacional reza literalmente así: “Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas.” (Subrayado mío.)

Como se ve, no se habla sólo del uso de la fuerza, sino también, y en primer lugar, de la amenaza. La pregunta, entonces, es: ¿acaso el actual despliegue de la OTAN en torno a países como Rusia (o Irán) no constituye una amenaza para esos países, dadas las características claramente ofensivas de los sistemas de armas instalados, amenaza que en el caso de Rusia alcanzaría niveles máximos en caso de ingresar en la Alianza Atlántica la vecina Ucrania, cuyas fronteras no distan más de 700 km de Moscú, y mucho menos todavía de algunas de las instalaciones militares clave de Rusia? (Entre paréntesis: aun sin haber ingresado formalmente Ucrania en la OTAN, parece probado que aviones de combate de dicha organización han venido usando con cierta frecuencia bases ucranianas, que las fuerzas armadas de dicho país han sido integradas en la cadena de mando de la Alianza y han participado en maniobras conjuntas con países miembros de ésta.)

Si a eso le añadimos la guerra civil existente en Ucrania desde hace ocho años a causa de la política oficial discriminatoria contra la población ucraniana de origen y cultura rusa, guerra de intensidad relativamente baja, pero que se ha cobrado no menos de 14.000 vidas (y que había experimentado una notable intensificación en los últimos meses, con fuertes bombardeos y gran concentración de tropas ucranianas en torno a la región del Donbass), tenemos una ecuación nada fácil de resolver a la hora de señalar responsabilidades por la actual guerra. A no ser que uno simplifique la cosa, como están haciendo los gobiernos y la mayoría de los medios de comunicación de los países miembros de la OTAN, de tal manera que esta historia se explique como si hubiera empezado sin más, sin precedentes ni antecedentes, el pasado 24 de febrero. Quien tenga un poco de memoria (artículo de lujo en los tiempos que corren, en que todos los mensajes “se autodestruyen” en pocas horas) no podrá dejar de recordar cómo, con ocasión de la segunda guerra del Golfo (invasión de Irak en 2003), uno de los miembros del llamado “Trío de las Azores”, nuestro expresidente José María Aznar, en un brillante ejercicio de irracionalismo posmoderno, llegó a decir, ante quienes invocaban las causas que habían llevado a aquel conflicto, que carecía de sentido hablar de causas.

Lo mínimo que cabe exigir, en una situación tan dramática como la que estamos viviendo, es que se centren todos los esfuerzos en poner fin cuanto antes a la destrucción y la matanza. Y hacerlo además de tal manera que desaparezcan los motivos de recelo que unos y otros puedan albergar sobre las intenciones de la otra parte. Pues bien, no parece que los miembros de la OTAN, aparte de acoger refugiados, estén haciendo otra cosa que avivar el conflicto, por más que en la división del “trabajo” diseñada desde Washington y Bruselas quede claro que ellos (es decir, nosotros) ponen las armas y los ucranianos y los rusos la sangre. Así que cuando alguien pida cuentas de cómo se ha llegado hasta este punto, siempre podrá decir el portavoz oficial u oficioso de turno una de estas dos cosas: o que la causa primera y única es el señor que gobierna desde el Kremlin o que, como dijo el expresidente Aznar, a estas alturas carece de sentido hablar de causas…

 

Miguel Candel


Doctor en filosofía, profesor universitario y traductor español. Miembro del Grupo Promotor de AIRE - La Izquierda.

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