La formación de las lenguas de Europa

La formación de las lenguas de Europa

Margarita Bilbao | El idioma vivo más antiguo de Europa es sin duda el griego, en el que vio la luz la filosofía sobre la que después se edificaría el pensamiento occidental. La filosofía griega no podría haber sido formulada en, por ejemplo, chino antiguo en el que no existía el verbo “ser”.

El idioma griego es también el primer idioma en sufrir un proceso de normalización del que tenemos constancia. Como hemos visto, un idioma “madre” va divergiendo en diferentes dialectos. Cuando una unidad territorial alcanza un cierto grado de desarrollo y estabilidad unificar la lengua se convierte en una necesidad práctica. Se puede elegir uno de los dialectos ya existentes o bien desarrollar una nueva variedad que reúna las características comunes de la mayoría. Se trata de que esta lengua “estándar” vaya reemplazando al resto de variedades dialectales para ser finalmente adoptada por todos los miembros de la comunidad.

En el caso que nos ocupa se creó en el s. IV a. C. un idioma común basado en el habla de Atenas e incorporando rasgos jónicos. Nació así el griego Koiné que se convirtió en la lengua franca de los vastos territorios que componían los reinos helenísticos, legatarios de las conquistas de Alejandro Magno. En el s. III a. C. alcanza su esplendor, escribiéndose en él las primeras obras de medicina, filosofía, historia, astronomía y geometría.

Para entonces Roma ya gobernaba en latín toda la península italiana. En el año 146 a. C. Grecia se convierte en un protectorado romano, pero Roma admiraba profundamente el idioma griego del que adoptó numerosas palabras que pasaron a enriquecer el latín. Ambos fueron los idiomas oficiales del Imperio Romano y así Grecia nunca fue latinizada.

Por otra parte, las lenguas más ricas y evolucionadas, ya normalizadas y con gran tradición escrita detrás, como era el caso del griego ya entonces, nunca son fácilmente desplazables. Así lo atestigua la pervivencia del griego en la costa sur de la península italiana, el área a la que los romanos dieron el nombre de Magna Grecia. Poblada por colonos griegos desde el s. VIII a. C., tras siglos de italianización aún hoy en día sobrevive allí una variedad del griego hablada por unas 40.000 personas.

Las lenguas orales siempre son más fácilmente desplazables. Esta es la razón por la que hoy en día aproximadamente 800 millones de personas somos hablantes nativos de lenguas romances (español, francés, italiano, portugués y rumano principalmente), derivadas del latín. La Europa a la que los romanos llegaron era un laberinto lingüístico, con gran diversidad de lenguas, la gran mayoría únicamente orales. Este panorama facilitó enormemente que el latín pudiera convertirse en la lengua franca, y lo que es más importante: que ocurriera así porque así lo quiso la población conquistada.

La gente tiene que entenderse y para eso sirve una lengua, y para que la gente se entienda tiene que hablar la misma lengua. Parece una verdad de perogrullo, pero contiene la explicación tanto de por qué surgen las lenguas francas como también de por qué unas lenguas han desplazado a otras a lo largo de la historia.

La afluencia de población colonizadora, aunque por supuesto muy importante como fuente difusora del latín, nunca fue masiva. No se produjo un reemplazo de población sino de lengua. La población nativa fue adoptando el latín porque esto era lo mejor para sus intereses. En el latín encontró la lengua del comercio, del derecho, de la literatura… En definitiva, la lengua que podía permitir el progreso social. Al mismo tiempo, en este proceso de adopción de la nueva lengua, el latín se ve alterado por sus nuevos hablantes. Nace así el latín vulgar, que difiere del latín clásico.

Mientras la parte occidental del Imperio Romano se mantuvo en pie su población interrelacionaba continuamente. Los soldados del Imperio se movían de un sitio a otro para prestar servicio, los comerciantes viajaban con sus mercancías, funcionaba una administración unificadora… Este contacto continuo cohesionaba también la lengua.

Pero cuando el Imperio cayó, este ir y venir de personas poco a poco cesó. En esta situación de aislamiento geográfico, como ya vimos, las peculiaridades lingüísticas de cada zona se van acentuando. El latín vulgar se fragmenta, continúa alejándose del latín clásico, pero en cada zona con una evolución diferente hasta que ya en el s. VIII podemos hablar de lenguas romances, una de las ramas actuales de las lenguas indoeuropeas.

El latín clásico, cuya norma ya había quedado fijada desde el s. I a.C. había continuado desde entonces siendo el idioma de la escritura. En la Edad Media y gran parte de la Moderna juega el papel de lengua franca de la cultura europea, trascendiendo ampliamente las fronteras del Imperio Romano Occidental.

Así podemos decir que durante 2000 años el latín protagonizó la historia de Europa. Y esto ocurrió porque de ser la lengua franca adoptada por la Iglesia cristiana pasó a serlo también de la enseñanza y la diplomacia. En torno a la Escolástica, método de aprendizaje de las universidades medievales de Europa, toda la intelectualidad del continente estuvo interconectada desde aproximadamente 1100 hasta 1700, el largo período en el que la escolástica estuvo en vigor. Todos los estudiantes y profesores compartían los mismos textos, el mismo programa, los mismos objetivos y el mismo idioma. Esto significa que cualquier docente podía estar un día en la Universidad de Bolonia y días después en la de Palencia sin tener que adaptarse a ningún cambio. Este intercambio de ideas y personas favorecía asimismo que el latín se enriqueciera con nuevos préstamos lingüísticos.

Los dialectos empleados por el pueblo llano continúan evolucionando y divergiendo hasta formar lenguas cada vez con más peculiaridades. Pero se producen núcleos de similitud. Las lenguas vecinas son inteligibles entre sí, y con la lejanía geográfica crece paulatinamente la ininteligibilidad. Así de simple es el proceso de diversificación lingüística.

Estas lenguas de carácter oral reciben el nombre de vernáculas. La palabra vernáculo implica además de oralidad un estatus bajo, un alcance local y unas formas no estandarizadas. El latín, por el contrario, tras siglos de recoger por escrito el derecho, la política y la organización de la vida pública era la lengua del orden, el rigor y la precisión. Era además la lengua de la liturgia, del culto y de los sacramentos y, por tanto, sagrada.

Cuando unos pocos eruditos empezaron a utilizar sus lenguas nativas para la escritura desafiaron todas las creencias que consideraban que estas no eran apropiadas para tal función. Por otro lado, desde la Antigüedad al Humanismo se creyó que el hombre había hablado en el Jardín del Edén una lengua perfecta que al ser usada permitía comprender la esencia del ser humano. Numerosos filósofos creían en la posibilidad de retornar a ese lenguaje universal perdido por el castigo divino de la Torre de Babel, recogido en el Génesis. Los pioneros en escribir en lenguas vernáculas para aligerar la carga del desafío defendieron su uso a menudo presentando un mito sobre su origen. Podía haber sido el idioma nativo de algún Padre de la Iglesia, o el mejor de los creados en la Torre de Babel, o incluso el hablado por algún dios pagano. Lo importante es que, valiéndose de estos mitos, estos eruditos pudieron legitimar el uso escrito de lenguas hasta entonces de uso únicamente oral. Así, al final de la Edad Media la mayoría de ellas contaban ya con una producción literaria abundante y diversa. Eran también lenguas de gobierno, en las que se redactaban ordenanzas y se promulgaban leyes.

 

A comienzos del s XIV Dante escribe en dialecto florentino “El Banquete”, primer texto filosófico en lengua vernácula, abriendo paso a un debate que va a durar tres siglos en los que se intenta responder a la siguiente pregunta: ¿Se puede escribir filosofía en una lengua sin tradición filosófica? El debate se da por cerrado en 1637, año en que Descartes publica en francés “El Discurso del Método”. A partir de esta fecha los grandes filósofos escriben la mayoría de sus obras en lenguas vernáculas. Otro importantísimo paso en el engrandecimiento de estas lenguas vino protagonizado por Lutero, quien las dotó de autoridad para traducir a ellas la Biblia.

Con la llegada de la imprenta a mediados del s. XV y su paulatina difusión, las lenguas vernáculas reciben el empujón crucial para estabilizar su ortografía y uso. Gracias a la labor de traductores e impresores su sintaxis se vuelve más precisa. El latín continúa siendo, no obstante, la lengua internacional de Europa. Durante el Renacimiento aún se espera de toda persona instruida que sea capaz de hablarlo. No es hasta el s. XVIII cuando se produce su destronamiento como lengua de cultura en favor del francés.

 

Margarita Bilbao


Estudié Publicidad en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. No soy filóloga, pero con los años me ha ido preocupando e interesando cada vez más la instrumentalización de las lenguas por parte del nacionalismo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *