Una oficina de majaderos

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Marc Luque | Resulta que en la actualidad la batalla de ideas ya no está de moda. Hace algunos días, la periodista Emma Zafón, nos dedicaba un artículo repleto de descalificaciones. Básicamente, sin entrar en insultos concretos, afirmaba que, tras El Jacobino, se escondía una especie de conspiración judeomasónica, cuya pretensión máxima era —y cito textualmente— «una nueva vuelta de tuerca que garantice la perpetuidad de nuestro revival franquista». Sin embargo, en esta réplica, no hallarán reproducida ninguna mezcla de serrín y estiércol. Me ceñiré a las ideas.

En primer lugar, muestra un desconocimiento absoluto sobre las dimensiones del problema lingüístico. Desconocimiento, por cierto, homogéneo al de suscribir que una de las puntas de lanza de la izquierda debe ser la aplicación de filtros identitarios en la concesión de derechos sociales y de ciudadanía. Aprovecho estas líneas para recordarle que «Dios, Patria y Fueros» era una consigna carlista. Repito, carlista, no progresista. Paralelamente a lo descrito, Emma zanja nuestra crítica anti-esencialista del siguiente modo: «la premisa aquella de que es injusto que un catalán pueda presentarse a unas oposiciones en Cantabria pero que un cántabro no podría hacer lo propio en Cataluña, es un pretexto absurdo que utilizan para disimular su mal llevado provincianismo. Seamos realistas. Nunca nadie jamás de esa cuerda ideológica ha tenido la más mínima intención de querer ser funcionario en el Ayuntamiento de Cabanes».

En consecuencia, permítame manifestar ciertas vicisitudes que observo en su juicio. Vayamos a ello. ¿El enfoque de toda política pública va ligada a la actividad individual de cada cual? Es decir, si quien firma el presente artículo, como catalán, observa como a sus compañeros de clase de Andalucía, Murcia o Extremadura, se les desplaza del grupo para ser trasladados a «aulas de acogida» —así las llaman—, en su propio país, ¿debe acorde con lo que plantea callar? Y diré más, como catalanohablante, cuando vemos a turbas de xenófobos increpar a trabajadores latinoamericanos por no hablar la lengua de Dios, ¿también estima que uno debe mantenerse impasible? Llámeme franquista si lo desea, pero a mí me enseñaron que ser revolucionario era sentir cada injusticia como propia.

Además, repare en que existe un problema de enfoque en su artículo. El problema no es que uno de mis compañeros de organización no tenga la posibilidad de acceder como funcionario al Ayuntamiento de Cabanes. El problema, querida Emma, es que son 40 millones de conciudadanos a los que se le impide el ingreso. Y no sólo al Ayuntamiento de Cabanes, sino a toda la Administración pública catalana.

En segundo lugar, la segunda crítica que presenta, atiende a la recentralización de los servicios públicos. Desacredita la fórmula centralista esgrimiendo un argumento quijotesco: «en España todavía queda gente que ve lógico que todos los órganos de decisión y las administraciones de referencia estén en un sitio en donde apenas reside el 7% de la población». Tras ello, prosigue: «Creo que nadie es consciente de lo tróspido que resultaría que un funcionario que en su vida ha salido de la calle Fuencarral tuviese que venir a Llucena a resolver cualquiera de los pollos que tenemos montados en suelo rústico». Veamos; lo expuesto por la periodista, pone de relieve una imprecisión conceptual que desacredita la totalidad su argumento. Centralismo es una cosa, «concentración de todos los órganos de decisión y las administraciones de referencia [en un mismo territorio]», por supuesto, otra. Lamento informarle de que defender una centralización político-administrativa casa con la desconcentración territorial del entramado institucional compartido. De veras que lo siento.

Ya me lo decía un buen amigo, Ramón Vargas-Machuca, «el problema epistémico precede a la catástrofe moral». No se equivocaba. Debatir propuestas, requiere de una lectura sosegada y una crítica, que puede ser dura, pero debe emanar de la máxima humildad intelectual posible. No reparar en ello, puede propiciar que cualquiera, cualquiera que se tome la política en serio, saque a relucir tu ignorancia públicamente.

Marc Luque

https://www.eljacobino.es/

Analista político en El Jacobino y Director del programa En 30 Minutos. Estudiante de Humanidades en la Universidad de Cádiz y colaborador en diferentes medios de comunicación de ámbito nacional. Socialista, en El Jacobino. Nada más y nada menos.

Todos los comentarios

  • Muy buen artículo. Lo guardo. Desnuda los argumentos falsarios. Las taifas sobran si queremos libertad y derechos.

    Observador 20/01/2023 22:32 Responder
  • Palabras como “franquista” o “fascista” se han convertido en mordazas para bloquear la crítica o la expresión pública del cualquier forma de pensamiento que no encaje con la ideología de la izquierda maistream (si a eso se le puede seguir llamando izquierda). Dado que el empleo de tales términos ya no denomina los siniestros regímenes que conocimos sino que ha adquirido esta nueva función, es apropiado decir hoy, parafraseando a Lévi-Strauss, que fascista (o franquista) es quien llama a otro fascista.
    Buen artículo.

    Alejadro 29/01/2023 18:49 Responder

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