Un lustro sin Gustavo Bueno

Gustavo Bueno

Iván Álvarez | Antes del 7 de agosto de 2016 el nombre de Gustavo Bueno no me era especialmente familiar. Sin embargo, la noticia de su fallecimiento, como no podía ser de otra forma, contribuyó a que yo tuviera un primer contacto con su persona. Por aquel entonces yo era una especie de socialdemócrata asturianista de nuevo cuño, y en mi entorno la noticia se tradujo en festejo; al parecer había fallecido un enemigo de Asturias y su cultura. Con el tiempo descubrí que era todo lo contrario. Mi interés por la obra de Gustavo Bueno se inició al año siguiente, en el que fui a estudiar a León, donde conocí a un paisano mío, hoy íntimo amigo, que hablaba a menudo de Gustavo Bueno y «el Sistema» —refiriéndose al Materialismo Filosófico—. Súmese a ello el 1 de octubre catalán y cómo la llamada cuestión nacional se convirtió en mi entorno ideológico en un tema de debate que cobraba protagonismo. En ese contexto publicó su libro sobre el marxismo y la cuestión nacional española Santiago Armesilla, obra que adquirí y que despertó definitivamente mi interés por el marxismo y el materialismo filosófico. Siempre diré que Armesilla, si bien ahora soy ideológicamente más distante, fue todo un hito en mi trayectoria intelectual, pues me introdujo a dos sistemas filosóficos que ampliaron mis intereses y puntos de vista enormemente.

A partir de 2018 emprendí la búsqueda de obras de Gustavo Bueno. Encontré en una reconocida librería de Oviedo una edición de bolsillo de El mito de la izquierda, de la cual, dicho a toro pasado, no me enteré de mucho. Acudí también a la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de Oviedo a leer sus obras, experiencia frustrante aquella pues leer a Bueno para mí era como arrojar agua a un forro de plástico, no absorbe. Derrotado por mi incapacidad y mi ignorancia decidí ponerme las pilas y me inicié en filosofía y otros saberes. Hoy puedo decir que Gustavo Bueno es para mí un autor más inteligible, aunque me sigo considerado un profano en absolutamente todo, ignoramus et ignorabimus. Algunos de sus artículos y libros son para mí obras de cabecera, destacando especialmente «El mito de la cultura», que por intereses ideológicos y académicos fue un punto de inflexión diría incluso de trascendencia vital.

El riojano obliga al estudio, sus obras brindan al lector unos conocimientos enciclopédicos y un corpus teórico que ayuda a comprender en mayor medida el presente en marcha que vivimos, pero exige un gran esfuerzo y una dedicación prolongada en el tiempo. En resumen, te pone la cabeza patas arriba. Supongo que se cuentan por centenares las personas que como yo tuvieron un acercamiento gradual a la obra de Gustavo Bueno, tal vez costoso e incluso a pesar de prejuicios ideológicos muy arraigados. Cinco años después de su fallecimiento la filosofía del riojano sigue siendo una de mis asignaturas pendientes, no he leído ni una cuarta parte de su obra —abundante y rica—; y sin embargo, tengo la sensación de que ha sido junto con Karl Marx o Eric Hobsbawm, la persona que más me ha estimulado intelectualmente.

Cuando empecé a preguntarle por libros a mi amigo buenista me dijo que tuviera cuidado, pues «del materialismo filosófico se entra pero no se sale», es como una droga dura. A lo largo de estos últimos años he debido provocar numerosas adicciones, pues se cuentan por decenas las personas que me han pedido recomendaciones para iniciarse en la filosofía de Bueno, y mi respuesta suele ser la misma: depende de los intereses de cada uno, pues el calceatense ha abordado innumerables cuestiones. Vastísima obra, pues incluso ha escrito un artículo sobre filosofía de la sidra o un pregón sobre quesos típicos de Asturias. Versátil.

Cinco años sin Gustavo Bueno, pero con el consuelo de una escuela filosófica prolífica que gana adeptos año a año, donde la polémica es constante y más allá de las discrepancias políticas o ideológicas siempre se puede aprender y crecer. El Materialismo Filosófico es algo que está muy por encima de las filias políticas e ideológicas del personal, y aquel que aspire a comprender o transformar la sociedad que le rodea y renuncie a la lectura del riojano, por algún tipo de prejuicio, está cometiendo la imprudencia del soldado que no se equipa con un buen fusil porque no le gusta el color del arma. El que aquí escribe se dice comunista, y probablemente sería tildado de ingenuo o ignorante por el propio Gustavo Bueno y muchos de sus discípulos, pero puedo asegurar que sería mucho más ingenuo e ignorante si nunca hubiera tenido un texto suyo en mis manos. Digo esto desde Asturias, tierra que acogió al filósofo en los años del tardofranquismo, y por tanto sabiendo que la figura de Gustavo Bueno es un ejemplo a seguir en más aspectos que el rigor académico, resultando ridículas las caricaturas injustas que se hacen del mismo. Todo esto, y mucho más, es motivo para la vindicación de don Gustavo cinco años después de su fallecimiento, se nota la ausencia.

 

Iván Álvarez


Nació en Asturias en 1994. Es historiador y tiene formación en análisis sociocultural. Escribe una columna satírica para la revista digital El Cuaderno, aunque también ha publicado en La Trivial.

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