Si se quemaron iglesias, no fue por casualidad

Si se quemaron iglesias, no fue por casualidad

Antonio Francisco Ordóñez | Hay una canción muy conocida –Los Solidarios–, escrita por Chicho Sánchez Ferlosio, en homenaje a este grupo anarquista que en los años 20 del siglo pasado, acordaron poner en marcha un grupo de resistencia armada para hacer frente a la represión gubernamental y patronal contra el movimiento obrero; especialmente, el anarcosindicalista de Barcelona.

Su letra hace referencia a sus integrantes más conocidos: Buenaventura Durruti, Ascaso y García Oliver, señalando que “si se hicieron anarquistas, no fue por casualidad” (los anarquistas no creen en “líderes” –ahí está la alocución de Juan García Oliver en el cementerio de Montjuich en 1937 en recuerdo a Durruti, para resumirlo maravillosamente: “Nosotros, los que no tenemos nombre, los que no tenemos orgullo…”).

En nuestro país, pareciera que a algunos eso de recordar los hechos tal y como sucedieron no va con ellos. Sin embargo, desde la Izquierda, por dignidad, por compromiso democrático, por justicia y por pedagogía, nuestra respuesta ha de ser siempre un sí rotundo a la memoria histórica.

Descontextualizar los hechos de los que son responsables los enemigos es uno de los instrumento del vencedor sobre el vencido para denigrar su recuerdo y depositarlo en el baúl del olvido. En España, por razones íntimas, tenemos tendencia a ello.

El franquismo, el fascismo y la reacción, en general, denuncian la quema de iglesias y el asesinato de religiosos como una de las afrentas de esa banda de bárbaros que representaban “los rojos” y muy, especialmente, los anarquistas a los que vencieron y exterminaron –en un verdadero genocido político– antes, durante y después de la Guerra Civil.

Pareciera que no hubo causas y solo actos violentos “por casualidad” atribuibles a gentes de baja condición cultural, ética y moral. Quizás que revisemos aquellos tiempos convulsos de principios de siglo y que juzguemos por nosotros mismos los hechos en su contexto.

Para empezar y para no retroceder en la historia más de lo necesario, cabe recordar que la cuestión religiosa en la Segunda República Española es el conflicto que surgió entre la jerarquía de la Iglesia católica en España y los sectores sociales que la apoyaban, por un lado, los partidarios de mantener la posición que ostentaban durante la Monarquía; y, por otro, los gobiernos y partidos que defendían la radical separación de la Iglesia y el Estado tal y como quedó plasmada en la Constitución de 1931, especialmente en su artículo 3 (“España no tiene religión oficial”) y sobre todo en el polémico artículo 26 (que entre otras cosas prohibía los colegios de las órdenes religiosas), y que sería desarrollado por la Ley de Congregaciones Religiosas de 1933.

A lo anterior se accedió en España como culminación de un período convulso dentro de un contexto internacional marcado por la Revolución rusa de 1917 que inspiró a todos los movimientos obreros del mundo. En nuestro país, la huelga de la Canadiense en la Barcelona de 1919 que culminará en huelga general, resultará un momento determinante.

El avance de la movilización obrera y su organización contó con la firme oposición de los poderes fácticos entonces de nuestro país (la Iglesia católica, el estamento militar y la oligarquía económica). No por casualidad, convergerán  participando  en el golpe de estado de 1936. Unamuno lo resume muy bien antes de su muerte, tras arrepentirse de su apoyo inicial al mismo: «no hay nada peor que el maridaje de la mentalidad de cuartel con la sacristía».

La represión contra el obrerismo resulta brutal y se extiende a muchos ámbitos. Quizás que para entenderlo, como ejemplo destacado de la jerarquía eclesiástica de la época, nos detengamos en un personaje: el cardenal Juan Soldevila Romero, arzobispo de Zaragoza. Si uno piensa en Joaquín Costa y en su libro “Oligarquía y caciquismo”, deduces que Soldevila -un personaje importante en España- era un perfecto oligarca, un cacique urbano de la nueva Zaragoza. Era el poder divino por su condición de cardenal; encarnaba el poder político porque era senador del reino, con carácter vitalicio, y además tenían un gran poder económico (se dice que controlaba las casas de juego, entre otros negocios inconfesables).

Lo que destacaba del cardenal era su vieja militancia política y su alineamiento con las tesis más conservadoras hasta el punto de ser acusado reiteradamente de ser uno de los principales valedores del pistolerismo patronal. Son los tiempos de la Guerra del Rif, que se extenderá de 1911 a 1927, donde perderán la vida más de 80.000 españoles fundamentalmente de extracción humilde. Soldevila liderará en Zaragoza el conjunto de actividades (desfiles, misas, arengas) encaminadas a neutralizar la oposición de las clases populares, cuyos miembros no pueden permitirse eludir el servicio militar mediante un pago en metálico o costeando un sustituto como permitían las sucesivas Leyes de Quintas.

Ramón Acín, anarquista oscense radicado en Barcelona, verá como es encarcelado y clausurado su periódico semanal La Ira (órgano de expresión del asco y de la cólera del pueblo) en 1913 al publicar en su segundo número el artículo que, bajo el nombre de “No riais”, supone una dura crítica hacia la Iglesia católica, refleja la polarización de las posiciones y avanza lo que habrá de venir: “No riais, agustinos, escolapios, agonizantes, capuchinos, trapenses, dominicos, cartujos, carmelitas, jesuitas (…)  que día llegará en que de nuevo vuestras celdas, vuestras salas de rezos, vuestros comedores, vuestros salones de recibir, aparezcan culotadas de humo y de llama como las pipas viejas de los viejos marinos”.

“El crimen de [Salvador] Seguí [el noi del sucre y líder natural del anarcosindicalismo español, asesinado en agosto de 1922] ha sido acordado por un prelado, un ex ministro y un general [en referencia clara tanto a Soldevila como a Martínez Anido (gobernador civil de Barcelona)]… y si el cardenal sigue reclutando pistoleros del Sindicato Libre para atentar contra nuestros compañeros, prescindiremos de su jerarquía eclesiástica  y le responderemos debidamente”, afirmaba el sindicalista Artur Parera ante miles de obreros reunidos en la plaza de toros de Zaragoza; poco antes del asesinato de aquél acaecido en junio de 1923.

Quizás sirva como reflejo visual de la situación el contenido de la última escena de la película “La verdad sobre el caso Savolta” (versión libre de la homónima obra del escritor Eduardo Mendoza) dirigida por Antonio Drove [https://www.youtube.com/watch?v=gcLin3g3GAQ]: “(…) En Barcelona, entre 1914 y 1921, el número de obreros asesinados por la patronal asciende a 523; durante las mismas fechas los patronos y esquiroles caídos en los atentados suman 40”.

El movimiento obrero observaba con mucho recelo la implicación de la Iglesia católica en su represión. En momentos de polarización como aquellos complicados años 30, no por casualidad se produjeron ataques a sus sedes y a quienes las poseían.

La Guerra Civil se inició formalmente en 1936 como un último intento de los privilegiados por mantener sus privilegios; aunque el sufrimiento y la represión de la clase trabajadora venía de antiguo y se extendería a la posguerra.

La jerarquía de la Iglesia católica, no por casualidad íntimamente ligada a los intereses de los privilegiados, siempre había estado al servicio de los mismos y lo confirmaría durante y después del conflicto. El franquismo se lo gratificaría ampliamente y el advenimiento de la democracia acabaría por consolidar de facto  y de iure –ahí está el Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede de 1979 vigente hasta nuestros días– esta situación.

 

Antonio Francisco Ordóñez


Abogado y letrado del Ayuntamiento de Barcelona. Ha sido profesor de Derecho Administrativo en la Escuela de Práctica Jurídica del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona. Ha participado en la creación de diversas organizaciones políticas como ASEC/ASIC o AIRE

Todos los comentarios

  • “La represión fue dirigida principalmente contra Cataluña”. Esa frase final es un ejemplo claro de tergiversación de las cosas. ¿Eran catalanes los patronos que en esa región encargaban el asesinato de los obreros? ¿Habría tal vez algún obrero asesinado emigrado desde otras zonas de España? ¿La burguesía catalana no apoyó la dictadura? Fue una lucha de clases, no de territorios!!

    Juan José Ruiz 21/07/2021 17:21 Responder

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