¿Quién teme a Yolanda Díaz?

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Ana Pollán | Es bastante probable que en las próximas elecciones generales, Yolanda Díaz encabece una candidatura que absorba a los humillados y extintos PCE e IU, a Unidas Podemos, a Más País y otras confluencias que, no siéndolo, sociológicamente se consideran de “izquierda”. Díaz parece proponerse liderar una única candidatura a la que se supediten el resto de partidos y sopas de siglas de pseudoizquierda, a excepción del PSOE. Durante los últimos meses, ha organizado actos junto a otras políticas con los que parece empezar a medir sus fuerzas, pero sin conformar una candidatura y menos un partido que englobe a todos los demás. Del “programa, programa, programa” no sabemos nada, muy probablemente porque no exista, y no tanto por ser pronto sino por ser un proyecto perfectamente vacuo, extraordinariamente impotente.

Lo que se intuye es que la formación será una candidatura conjunta de los partidos populistas de pseudoizquierda encabezados por la señora Díaz, tan carente de convicciones firmes como las siglas que se dispongan detrás de la nueva mesías, como en su tiempo ocurrió con Pablo Manuel Iglesias, fundador del Podemos, formación que como la de Diaz, tuvo y tiene un marcado carácter antimarxista. Desde sus comienzos renegó de la izquierda, advirtiendo en su acto fundacional que el propósito del nuevo grupo político (ni siquiera puede considerarse partido) era “ocupar la centralidad del tablero.”

No obstante, –dado que estas formaciones huyen mucho de los programas y de los idearios concretos y específicos– para saber qué proyecto de sociedad defienden y dónde se pueden encuadrar en el eje izquierda-derecha (porque existe, aunque se niegue; porque no desaparecerá hasta que desaparezcan las clases sociales) es mucho más fácil saber quién son no por lo que dicen, puesto que no dicen nada, sino por quién los teme. Eso me lleva a la pregunta precisa: ¿Quién teme a Yolanda Díaz?

No la teme la patronal ni el neoliberalismo, mucho menos tras la reciente no-reforma laboral que lleva su sello y que apenas rebaja los aspectos más lesivos de la anterior. No ha sido capaz ni de recuperar los 45 días de indemnización por año trabajado, normaliza los ERTE –es decir, que el Estado asuma los costes de las crisis del sistema capitalista para que a sus responsables les salga gratis–, no limita ni prohíbe las horas extra, la prioridad de los convenios de empresa sobre los establecidos por el sector desaparece exclusivamente respecto a los salarios, no se modifican las causas de despido, ni se restablecen las indemnizaciones por despido improcedente. Con razón la patronal y todos los medios de derecha, desde ABC a Trece TV, se felicitaban por el sentido de la reforma y, por eso, en este último medio, Lorenzo Amor, vicepresidente de la CEOE, explicaba haberse reunido con Fátima Bañez para analizar la “reforma” y desvelaba que ambos concluyeron que era buena porque apenas modificaba la de 2012. Respecto a Diaz, ha declarado que no sabe si es comunista porque es algo complicado. Cuán de comunista tiene se puede observar leyendo su prólogo al Manifiesto comunista, donde tilda al proyecto de Marx como un sueño utópico.

No la teme el patriarcado, pues asume la agenda transactivista y misógina del Ministerio de Igualdad: admite como oportuno reconocer el género como identidad y dotarlo de seguridad jurídica. Además, tilda de antiguo el debate para abolir la prostitución, resolviendo que sólo debe combatirse la trata. No se le conocen propuestas para suprimir la explotación reproductiva y la pornografía o el resto de violencias contra las mujeres. Igualmente, para el patriarcado, su discurso sobre los cuidados y la “matria”, una suerte de pseudofeminismo de la diferencia en su versión más cutre, no sólo es perfectamente asumible sino un puntal en el que sostenerse. Díaz no sólo es antimarxista; también antifeminista.

No la teme la Iglesia ni el resto de religiones, pues es conocida la gran estima que tiene por el Papa, y su visita en la que ha ido a mostrar la subordinación de nuestro estado a la Iglesia Católica, y no a anunciarle la derogación del concordato de nuestro país con la Iglesia ni tampoco a informarle de sus intenciones de que España sea un estado laico, al contrario, ha ido a reconocer al papa como interlocutor político y a lanzar el mensaje de que  su desempeño político no supondrá ningún desvelo para la Iglesia, a la que se subordina igual que se subordina a la religión musulmana al contar entre sus filas con una de sus principales defensoras, Fátima Hammed, defensora del velo y de los valores conservadores de su religión.

No la teme el nacionalismo, pues los partidos nacionalistas de Galicia, País Vasco, Comunidad Valenciana y Cataluña estarán más que dispuestos a apoyarla. Es partidaria de referéndums de autodeterminación de las regiones con sentimientos nacionalistas, lo cual es una postura profundamente conservadora, antimarxista y antileninista. Por mucho que pinte el nacionalismo de rojo –si es que le interesase siquiera pintar de rojo algo– no apoya sino que las regiones más ricas se escindan de las más pobres para ahondar en las diferencias de riqueza dentro del Estado, beneficiando a la clase burguesa de cada región.

No la teme la monarquía, pues por republicana que se diga, en su proyecto no aparece una visión fuerte de república ni una vindicación explícita y conceptualmente nutrida al respecto.

No la teme la derecha, por la sencilla razón de que la derecha no se teme a sí misma. ¿Por qué iba a temer la derecha una candidatura antimarxista, antifeminista, populista, neoliberal y nacionalista? Lo que no se entiende es por qué el resto de los partidos de derecha no se unen a esa candidatura que tan perfectamente vela por los intereses del capital, del patriarcado, de las religiones y de la idea supremacista de nación. Supongo que será no tanto por discrepancias políticas sino por la pugna por el protagonismo y el trozo de pastel propio. Y si no se ve, que se lo pregunten a Garamendi, tan bien respaldado por Báñez como por Díaz; o al Papa, tan bien encumbrado por Fernández Díaz como por Díaz; o a la industria transgenerista, tan bien representado por la derecha que renuncia a derogar el reconocimiento jurídico del género como identidad como por la derecha que impulsa ese mismo reconocimiento. Yolanda Díaz, como en su día ocurriese con Pablo Iglesias, cumplirá la miserable misión de legislar por y para la perpetuación los sistemas de explotación, quienes disponen de opciones políticas que los representan a cara descubierta y otras, más cínicas y cobardes, que los representan disfrazadas de progre: este es el caso de Díaz y cualquiera que sea el nombre y la forma que dé a su plataforma.

Despejada la duda de quién teme a Yolanda Díaz (o quién no la teme, lo que es ya bastante elocuente), me pregunto otra cuestión: ¿Cuándo nos dejaremos de engañar y apostaremos por un partido nítidamente comunista, feminista, laico y republicano? No existe uno que cumpla esas cuatro condiciones. Pongamos las bases para ello. Hagámoslo posible. Y barramos a los oportunistas.

 

Ana Pollán


Ana Pollán nació en León en 1994. Es graduada en Filosofía por la universidad de Valladolid. Es Máster en Filosofía Teórica y Práctica de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Es doctoranda en el programa de Filosofía, también en la UNED. Es feminista, socialista y republicana.

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