Progresismo y The Young Pope

Progresismo e izquierda

Javier Maurín | Si ha habido una serie rompedora, original y sorprendente en los últimos años esa es The Young Pope. Sorrentino nos deleita con la ficticia historia de Pío XIII, un nuevo papa que llega a la ciudad – del Vaticano- y comienza a hacer cosas llamativas. Llamativas para lo que todos asumen que debería hacer un papa joven como él. De eso va la serie.

Es tan chocante la serie que no ha sido ni una, ni dos, ni tres veces las que he oído a amigos, familiares y compañeros hablar de ella. He perdido ya la cuenta. Pero siempre se repite un mismo comentario: ¡llega un papa joven y resulta que es ultraconservador! Como si los jóvenes, incluso los pasados por seminario, debieran ser todos progresistas.

No puedo yo evitar, todas y cada una de las veces que escucho estos comentarios, comparar este estereotipo sobre la juventud a la extendida asunción de que lo progresista es necesariamente de izquierdas.

Pareciera evidente que un gobierno es más de izquierdas cuando más cosas de izquierdas haga, pero, en su lugar, existe la generalizada norma de que un gobierno es tanto más de izquierdas cuantas más cosas progresistas haga, aunque haga numerosas cosas de derechas. Ahí tenemos el ejemplo de Zapatero, ese adalid de “la izquierda” en la memoria colectiva.

El trabalenguas del párrafo anterior parece de guasa, pero la confusión no es baladí. No es baladí cuando desde la “nueva izquierda”, la contemporánea, se nos prescribe superar el eje izquierda-derecha para sustituirlo por el eje progresistas vs. conservadores. Éstas eran las palabras de Manuela Carmena, posteriormente seguidas y adoptadas por otros como Errejón o Rita Maestre pero que son asumidas por toda la izquierda institucional cuando utilizan expresiones como gobierno progresista o el gobierno más progresista de la historia.

Conviene entender bien los términos progresismo e izquierda, para entender las consecuencias de dicha prescripción.

La izquierda, término de largo recorrido, nace como bien es sabido en la Revolución Francesa con motivo de las posturas defendidas por según qué bancada de la Asamblea Legislativa. Mientras que la derecha era ocupada por los girondinos, defensores de la gran burguesía y el federalismo, la izquierda era ocupada por los jacobinos y los cordeleros, representantes de pequeña burguesía y pueblo llano, defensores de la soberanía popular, el centralismo y la igualdad.

El progresismo, sin embargo, es un término más moderno, derivado de los progressives británicos que abogaban por el reformismo, por la moderación frente a los revolucionarios, aunque en oposición a los conservadores, partidarios del Antiguo Régimen. El término sin embargo evolucionó y durante la segunda mitad del siglo XX adoptó posicionamientos diversos de transformación sociocultural y el abandono de los conflictos de clase y, también mayoritariamente, de las transformaciones socioeconómicas profundas.

¿Cuáles son por tanto las consecuencias evidentes de la sustitución de la izquierda por lo que llaman progresismo?

Mientras que la derecha española tiene clara su senda de conservadurismo -en la mayoría de casos- y liberalismo económico, los partidos que supuestamente representan en las instituciones a la izquierda sociológica no ven problema en abandonar la igualdad civil y material. Esto resulta en que, mientras el progresismo abandera la defensa de los derechos civiles, la diversidad sexual o el antiautoritarismo, no tiene problema en compatibilizarlo con políticas económicas “pragmáticas” que no acaban siendo otra cosa que la adopción de las políticas económicas de la derecha en su versión más moderada (o no).

Entretanto, el conflicto capital-trabajo desaparece del mapa. En eso tenemos experiencia en España, que hemos sufrido amargas desindustrializaciones y reformas laborales de la mano de gobiernos progresistas del PSOE.

Desaparece también la lucha por la igualdad de derechos entre conciudadanos, no teniendo problema aquellos que apelan al progresismo en pactar con quienes solo quieren el bien propio -los nacionalistas y regionalistas- por encima del bien común de todos los españoles. Todo para acabar defendiendo privilegios para ciertas regiones y derechos diferentes según en qué parte del país se habite o nazca.

Y desaparece también la lucha por la igualdad material, en la que los autoproclamados progresistas defienden políticas que son tremendamente lesivas para los que menos tienen, abandonando a éstos en sus programas. Teniendo como tenemos un paro desmesurado, especialmente entre los jóvenes, no se ponen en marcha medidas para remediarlo, no es la prioridad.

Y yo sigo esperando a que llegue la reflexión: ¡llega el progresismo y resulta que no es de izquierdas!

 

Javier Maurín

https://www.eljacobino.es/

Director de ElPapel.es y Codirector de El Jacobino. Técnico Superior en Administración y Finanzas y estudiante de Grado de Filosofía. Empleado público. Experiencia en política municipal (Ayuntamiento de Madrid).

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