Notas sobre la intervención de José Miguel Villarroya en El Jacobino

Villarroya

«Si el movimiento obrero y socialista debe recuperar su espíritu, su dinamismo y su iniciativa histórica, nosotros, como marxistas, debemos lo que sin duda Marx habría hecho: reconocer la nueva situación en la que nos encontramos, analizarla de manera realista y concreta; analizar las razones, históricas o de otro tipo, que han causado los fracasos y los éxitos del movimiento obrero, y formular no solo lo que nos gustaría hacer, sino lo que se puede hacer»

Eric Hobsbawm, Política para una izquierda racional

 

Ivan Álvarez | Este texto del famoso historiador comunista británico es una excelente línea programática para cualquier grupo que se diga comunista, socialista, «izquierda transformadora» y similares. En primera instancia es un alegato en favor del estudio, el análisis realista y el reseteo ideológico-político ante una situación de derrota del ciclo revolucionario del siglo XX y paulatino desarme de la socialdemocracia. Ante esta situación las clases trabajadoras se ahogan en la resignación o se arrojan a los brazos de populistas que prometen arcadias de diverso signo, pero siempre en el marco del régimen socioeconómico capitalista. A la vez, se le bombardea con la idea de que no hay alternativa, el capitalismo es un orden natural; por lo tanto, construir una sociedad sobre otras premisas es imposible o utopismo.

En este contexto ha surgido El Jacobino como plataforma de debate y enésimo intento de poner las bases de una izquierda transformadora que se salga de este impasse donde los proyectos de emancipación humana se ven sacudidos por constantes derrotas. El 12 de junio el club Jacobino fue presentado en Madrid, teniendo cierta repercusión. Algunos primeros espadas de la prensa progresista, como Antonio Maestre o Miquel Ramos, le está dedicando al proyecto buena parte de su tiempo. Entre debates de Playz e intercambios de artículos maniqueos algunos hemos tomado distancias a pesar de las posibles simpatías. En mi caso, dicha afinidad viene dada por la audacia de un proyecto que busca funcionar como revulsivo. Con más o menos acierto, ello merece elogio. Sin embargo, las distancias que puedo tomar con El Jacobino se expresan en lo que llamaré «las dos almas» del proyecto de Guillermo del Valle y sus compañeros.

El discurso derrotista ha calado, y aquellos que debieran aspirar a transformar la realidad han rebajado sus tareas. «Lo que se puede hacer», en palabras de Hobsbawm, es lo máximo a lo que se puede aspirar en una situación dada, pero hoy día no es ni siquiera un alegato posibilista, sino estrictamente derrotista y con tendencia a la baja: No puede darse una revolución, no podemos salirnos de la UE, no podemos establecer una banca pública, no podemos subir los impuestos a la alta burguesía sin provocar un éxodo de capitales, no podemos derogar la reforma laboral… Se ha llegado a la dramática situación en la que el grueso de los comunistas y la izquierda radical —por emplear términos con los que más gente pudiera sentirse identificada— se han plegado a las luchas inmediatas, obviando el marco general de lucha sistemática y, a pesar de la prueba empírica del fracaso constante, decide continuar por la vía del sindicalismo, el parlamentarismo y las reformas. Syriza, Podemos, el llamado socialismo del siglo XXI en América… ejemplos suficientes para comprobar los infranqueables muros que la política por cauces institucionales presenta.

El Jacobino corre el riesgo, a mi juicio, de creer que la única vía para «hacer lo que se puede hacer» es la de los parlamentos o los sindicatos. La tentación de formar una IU o Podemos centralista y «menos posmo» debe abandonarse, los ejemplos anteriormente citados demuestran que por esa vía puede echarse una capa de pintura a la fachada, pero no transformar los cimientos de la misma sociedad. No debe deducirse del presente escrito que esté pregonando la necesidad de realizar un asalto armado de la Zarzuela y la Moncloa. Pero debe tenerse claro que el parlamentarismo y lo ayuntamientos no son los únicos medios, y sospecho que ni siquiera los principales. Instituciones que, por otra parte, siempre van a ser compartidas con fuerzas políticas con mucho más poder y asentamiento en las estructuras y poderes del Estado. Súmese a este problema el ser instituciones subordinadas a intereses extraestatales, como la UE o la OTAN. Este primer alma, posibilista y reformista, puede tener una vocación aparentemente realista y pragmática, pero está condenada al fracaso por los mismos motivos que han fracasado tantos otros movimientos y partidos políticos de corte similar.

«Lo que se puede hacer» incluye ampliar los márgenes de lo posible. Lo que se puede hacer varía todos los días por el propio desenvolvimiento de las sociedades. La correlación de fuerzas entre clases sociales y grupos de intereses enfrentados no es estática, ni debe servir como justificación perpetua para rebajar las tareas políticas pendientes de quien actualmente sale perdiendo en dicha disputa. Las limitaciones coyunturales y estructurales a las que se enfrenta cualquier movimiento político son históricas, y por tanto mutables y sustituibles por otras. Nuestra generación se enfrenta a unas determinadas condiciones heredadas, pero también creará las venideras. Si entendemos la actual sociedad capitalista como una totalidad compleja, que determina o condiciona todos los ámbitos de nuestra vida, no tiene sentido focalizar la actividad a una dimensión cultural e ideológica, o a la participación institucional en uno de los múltiples poderes que tiene el Estado. La lucha debe ser integral y ambiciosa, y este debe ser el alma dominante de El Jacobino. Los Jacobinos originales mantuvieron aquella consigna de guerra que decía: «Contra nosotros se alza el sangriento pendón de la tiranía» y, no siempre acertadamente, se dispusieron a dar un vuelco a la sociedad en la luchaban.

Tal vez este alegato revolucionario o transformador suene utópico o ingenuo, pero dándole una vuelta de tuerca a la fraseología pragmática y de la mal entendida realpolitik, más utópicos e ingenuos resultan aquellos que, como dijo Villarroya en su intervención en Las Noches Jacobinas, creen que pueden resolver los grandes problemas de nuestra sociedad ciñéndose a los marcos institucionales e ideológicos que brindan los que tienen la sartén por el mango.

 

Ivan Álvarez

 

Puedes ver el programa de El Jacobino al que se refiere este artículo aquí.


Nació en Asturias en 1994. Es historiador y tiene formación en análisis sociocultural. Escribe una columna satírica para la revista digital El Cuaderno, aunque también ha publicado en La Trivial.

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