Las verdades que nos hurtan

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Ana Pollán | Nos hurtan verdades porque las verdades son suelo firme, antídoto contra el titubeo, pilar en el que sostenerse, ancla para crecer. Sustento que, si no lo está, debería estar al alcance de cualquiera. La Ilustración fue la búsqueda de la verdad y precisamente sin que le fuese hurtada a los que hasta entonces fueron siervos/as. Suyo fue el afán por sacarla a la luz, por iluminarla, por ilustrarla. Con las verdades (y las acciones, afortunadamente nada flower power, sea dicho) sobre la mesa –unas muy distintas a las de las Biblias, los Coranes, las torás y demás mitologías– el Antiguo Régimen cayó sin poder reponerse. La ciencia, las humanidades, la filosofía, el conocimiento racional se impuso a la religión, a los fanatismos y a las supersticiones que encogían a las personas en el temor a un Dios que no es y a una autoridad despótica cuya legitimidad era impostada, impuesta a la fuerza, como todo lo falso y como todo lo ruin.

La postmodernidad, movimiento reaccionario donde los haya por muy progre que sea su barniz, cuestionó las verdades ilustradas; no al productivo modo de la skepsis griega de los escépticos quienes, a pesar de lo que han dicho, dudaban para buscar y ahondar la verdad, no para aborrecerla. Sí desde un descreimiento cínico y despreocupado por un mundo del que no quiere hacerse cargo. Porque hacerse cargo del mundo es querer transformarlo, como hizo la Ilustración y como lo hizo el marxismo, proyectos ambos de mal presente, pero de sólido y muy valorable pasado y de más que necesario futuro. La postmodernidad envejece mal con los años. Se vuelve impotente y desgraciada, mala caricatura de sí misma. Lo que tuvo de interesante cuestionando verdades, (si es que tuvo algo de útil, pues la Ilustración ya era suficientemente autocrítica consigo misma) lo tiene, multiplicado de absurdo, en la degeneración que presenta, tan funcional y servil a los grandes sistemas de poder de sexo (patriarcado) y clase (neoliberalismo). Nuestro mundo, por ello, recibe algunas verdades como un chirrido insoportable a sus propias orejas. Por eso hay que decirlas, ni siquiera gritarlas, con plena serenidad. Y estas molestan:

Si naces con cromosomas XY eres un hombre y si naces con cromosomas XX eres una mujer. Nada ni nadie puede cambiarlo. Tu sexo no te lo asigna nadie sino la realidad de tus propias células. El género podrá provocarte disforia pero, a pesar de ello, el sexo de todos y cada uno de nosotros es inmutable. El género no es una identidad sino una estructura de dominación, por eso importa muy poco si te consideras agénero, no binario, género fluido o haces piruetas contra el morfema gramatical que corresponde a tu sexo y lo modificas a -e: seguirás siendo un hombre o una mujer y el género una estructura de poder que en absoluto adaptarás ni debilitarás individualmente ni elegirás como identidad, porque es imposible, y además ilegítimo. Si quieres combatir tu disforia, hazte abolicionista del género. Tu sexo no es el que estorba, sino la estructura de poder que lleva ilegítimamente aparejada.

Habiendo dos sexos, son tres y sólo tres las orientaciones sexuales: homosexual si tu atracción sexual se dirige a tu mismo sexo, heterosexual si tu atracción sexual se dirige al otro sexo, bisexual si tu orientación sexual se dirige a ambos. No hay más aunque te suene a poco para lo especial que te crees. No eres demisexual, ni pansexual, ni alosexual, ni antrosexual, ni sapiosexual, ni graysexual ni lumbersexual, ni spornosexual y ni siquiera, asexual: si no te apetece tener relaciones sexuales, no necesitas ponerle un nombre para sentirte especial. Tampoco te vas a poder volver lesbiana por leerte a Adrienne Rich ni por investigación teórica. Tu orientación, como tu sexo, es el que es. Y, por cierto, la homofobia por sí misma no existe; la sustenta el patriarcado. Aboliendo este, no es necesaria una vindicación específica de las orientaciones sexuales, pues se darían en igualdad y libertad.

Si naces con una discapacidad o la padeces a raíz de una patología posterior o un accidente no tienes diversidad funcional, porque no funcionas distinto: funcionas peor. Y lo mejor que puedes hacer por ti, con tiempo y ayuda, es aceptarla y querer para ti tanta normalidad y autonomía como tu esfuerzo y el de la sociedad que te apoye posibilite. Darte tu tiempo para aceptarlo y tener momentos de debilidad es del todo comprensible, pero huye de quien te potencie la autocompasión y te diga la chorrada de que todos tenemos discapacidades y que lo tuyo no es una deficiencia sino uno de los infinitos modos de ser y estar en el mundo. Te están mintiendo a sabiendas. Y lo hacen porque te compadecen. Tener una discapacidad es objetivamente peor que no tenerla. Y, desde luego, tal calificación no responde a una construcción social de lo deseable en términos de rendimiento físico, sensorial o psíquico; responde a una deficiencia objetiva, evidente y médicamente verificable. Las discapacidades no enriquecen la diversidad humana; son una deficiencia a la que el individuo ha de sobreponerse, en la medida que pueda, ayudado por un sistema público de rehabilitación y atención socioterapéutica. Ser capacitista no es un defecto: es objetivamente mejor tener capacidades plenas que presentarlas mermadas y afirmarlo es una deducción lógica simple, no un pecado. Ello no obsta para que sea evidente la igualdad en dignidad entre quienes tienen o no una discapacidad. Esto último es lo que debe sustentar tu equilibrio emocional. Lo demás es mala literatura.

O eres de la clase propietaria de los medios de producción o eres de la clase que, desposeída de todo lo demás, vende su fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción. No eres clase media por tener casa y coche ni por irte a la playa quince días si tu sustento depende de ser asalariado/a. Si, siendo asalariado, defiendes los intereses de la clase dominante eres un traidor. Pero así sólo tienen derecho a llamarte quienes militan en la izquierda, no oportunistas populistas neoliberales que, sin ser de izquierdas, te piden que les votes o que seas su “inscrito/a” habida cuenta de su barniz progre.

O eres de izquierda o eres de derecha. O estás con la clase obrera o estás contra ella. O tienes conciencia de clase o traicionas a tus iguales. No hay equidistancia ni transversalidad posible en un mundo profundamente desigual. No hay centro; hay una decisión de qué lado se está. Si crees que las categorías de izquierda y derecha no explican el presente, eres de derecha; si fundas un partido para ocupar la centralidad del tablero –te apellides Iglesias o te apellides Rivera- eres de derecha–. Si tienes un discurso neoliberal, xenófobo y machista eres de derecha, y Vox lo es por mucho que sea el obrerismo patriótico en el que se envuelve. Si renuncias al marxismo en el año 1979, convendría no tenerse, tampoco, por obrero ni por socialista. No se es de izquierda si se carece de conciencia de clase y militancia consecuente a la misma, tampoco por ser ecofriendly, ni LGTBIfriendly, ni pacifista ni progre a la Biden. Si crees en un populismo al estilo “postmarxista” a la Mouffe o a la Laclau, eres de derecha. Si te elevas en una plataforma al estilo Díaz apelando al amor mientras dejas durmiendo al raso a obreras que protestan frente a tu ministerio y lo refrendas, eres de derecha. Si dudas de ser comunista, no lo eres.

O eres feminista o no lo eres. El feminismo no es un mercado en el que elegir lo que mejor te venga. Para ser feminista hay que cumplir férreas exigencias: ser abolicionista radical y rotunda del género, de la prostitución, de la pornografía y de la explotación reproductiva y no apuntalar ni aprovecharse de ningún privilegio patriarcal. Defender la completa y radical emancipación de las mujeres. Saber que las mujeres son oprimidas por su sexo, material e inmutable. Quien no tenga oportunidad de estudiar su teoría, es feminista de pleno derecho si comparte objetivos; quien teniéndola, desprecie el esfuerzo teórico del mismo y mire con desdén su historia y su fecundidad intelectual, no lo es en absoluto. Este es el carnet feminista y su vigencia es plena e ineludible.

O eres internacionalista y por tanto universalista y por tanto de izquierda o eres nacionalista y por tanto supremacista y por tanto reaccionario. No hay nacionalismo de izquierda. No hay nacionalismo no supremacista. No son mejores los nacionalismos periféricos ni tiene más legitimidad el español. El nacionalismo es contrario al humanismo e internacionalismo que vertebra la esencia de la izquierda. Si defiendes a la clase trabajadora de tu insignificante trozo de tierra en el que, por del todo irrelevante azar, te tocó vivir frente al proletariado vecino o de la otra punta del mundo, no haces sino pintar de rojo una idea profundamente burguesa y supremacista. Si invocas a Lenin para defender tu nacionalismo es que no has leído a Lenin.

Y estas son algunas verdades que molestan, porque centran a las personas en la cosa importante: querer un mundo basado en los principios de igualdad, libertad y fraternidad. Porque mientras te decides entre la alosexualidad y la demisexualidad no te afilias a un sindicato; porque mientras pienses que hay muchos feminismos no vas a entender que toda prostitución es radical violencia contra las mujeres y a combatirla; porque mientras cuentas tu rollito de que no eres discapacitado sino diverso, desmantelan la dependencia; porque mientras agitas la tela de tu aldea te suben apenas dos euros la pensión. Y por eso estamos como estamos: a cualquier cosa menos a decir las verdades que transforman el mundo y a actuar en consecuencia.

 

Ana Pollán


Ana Pollán nació en León en 1994. Es graduada en Filosofía por la universidad de Valladolid. Es Máster en Filosofía Teórica y Práctica de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Es doctoranda en el programa de Filosofía, también en la UNED. Es feminista, socialista y republicana.

Todos los comentarios

  • “No son mejores los nacionalismos periféricos, ni tiene mas legitimidad el español”: No tiene mas legitimidad el español que los demás idiomas hablados en España entiende que quieres decir.
    Pues bien, afirmar esto ahora mismo en España es una contradicción flagrante con declarse antinacionalista.

    Margarita Bilbao 17/12/2021 17:18 Responder

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