La razón en crisis

La razón en crisis

Clara Breña | “Atruena la razón en marcha”, rezaba un verso del himno de La Internacional. ¿Ustedes oyen los truenos? Yo desde hace tiempo sólo oigo un leve murmullo, ensordecido por discursos estériles sobre pueblos oprimidos, identidades de género disidentes, plagados de palabras con muchos prefijos y forzados plurales terminados en –es. Todo muy inclusivo y diverso, eso sí.

La razón, esa vieja amiga de los movimientos políticos a los que hemos convenido en llamar de izquierda. Hubo un tiempo en que los mismos se abanderaban de la razón como arma contra la injusticia, la irracionalidad y, por supuesto, la fe. Hay quienes dirán que Santo Tomás de Aquino trató de explicar la existencia de Dios basándose en argumentos que podríamos llamar racionales, gracias a las armas que le proporcionó la filosofía de Aristóteles. No obstante, en caso de que razón y fe nos llevasen por derroteros diferentes, el vencedor, según el santo, era inequívoco: la fe.

Y en esas estamos, con una izquierda desarticulada, acomplejada, indefinida y, por qué no decirlo, ñoña, que hace ejercicios de fe a diario al forzarse a sí misma a creer en mentes/almas sexuadas – no importa cuán convincentes sean la neurociencia, la biología o, sin más, el sentido común –, en patrias (o matrias) que trascienden la voluntad de los hombres que las componen y que responden a un destino superior dictado por quién sabe quién (¿Dios, quizás? Habría que preguntarles a Prat de la Riba o Sabino Arana). Y, como en tiempos de Santo Tomás, la irracionalidad de la fe tiene sus propios mecanismos para prevalecer sobre su enemiga eterna y acérrima: la razón. Ya no nos acusan de herejes, pero sí de tránsfobos o fascistas. Y de privilegiados blancos. Y de racistas. Y de islamófobos. Y de rojipardos. No tenemos el demonio dentro, en su sentido bíblico, pero tenemos uno mucho peor y que hay que erradicar hasta las últimas consecuencias: el odio.

Porque pensar es odiar, y nos lo recuerdan a diario. A las feministas que reivindicamos y deseamos recuperar un feminismo de raíz ilustrada, radical, con un sujeto político definido y claro. A quienes abogamos por la unidad de España, por la indivisibilidad de la república (esa parte del eslogan revolucionario la ha olvidado a conciencia la pseudoizquierda posmoderna), y que llevamos dentro el espíritu de Franco aunque no lo sepamos. A quienes nos negamos a hablar de “opresión nacional” de quienes tienen privilegios fiscales y una ley electoral hecha a la medida de sus intereses mientras la clase trabajadora padece las políticas neoliberales más sangrantes y rapaces de la historia.

Y constreñida por esa pinza identitaria (los pueblos, las pueblas, los géneros y las géneras) está la izquierda institucional vacía e insulsa. Y mientras, la izquierda materialista, racional y jacobina, empuja para abrirse hueco y crear hegemonía cultural como se pueda. No esperemos, en tal esfuerzo, que los medios “progres” (televisiones y prensa), convertidos en panfletos queer y liberales a la sombra de Soros, nos vayan a dar voz; que se lo cuenten a Lidia Falcón y otras feministas purgadas de esos medios debido a su batalla contra la sinrazón. Tendremos que conformarnos con medios que podríamos calificar de conservadores porque, no sé ustedes, pero yo vengo teniendo la sensación desde hace tiempo de que sólo es posible leer pensamiento de izquierda marxista, racionalista y antinacionalista en prensa de derechas. Y eso es como para que la autosentida izquierda haga un ejercicio profundo de reflexión.

Cuando Juan Manuel de Prada, Santiago Abascal o Lourdes Méndez (VOX), adelantan por la izquierda a los y las ministras del gobierno “más progresista de la historia” en su argumentación contra la propuesta de ley trans, haciendo gala de un discurso impecable y racionalista, yo me pregunto en qué momento el paradigma político se ha pervertido tanto que la izquierda le ha regalado, sin miramientos, el ejercicio de la razón a la derecha. En qué momento, por seguir con las referencias filosóficas, la izquierda autosentida se ha obnubilado tanto con el mundo de las ideas que ha olvidado que las sombras de la caverna no son más que eso, sombras. Que existe una cosa que dos señores barbudos que nacieron hace doscientos años identificaron y estudiaron maravillosamente: las condiciones materiales de existencia. Y que constituyen estas la estructura en la que hay que trabajar de tener alguna mínima esperanza en modificar el edificio social y económico (para beneficio de los de abajo, evidentemente).

En fin, y por ir terminando, me han preguntado amigas y conocidas por qué el discurso feminista y socialista no permea lo suficiente la opinión pública y los discursos políticos como para poder institucionalizarse, que quizás sea porque no hacemos pedagogía lo suficientemente buena. La respuesta es sencilla: la razón en crisis. La objetividad, los datos, los hechos, los argumentos fundamentados, no tienen mucho (o nada) que hacer frente a la irracionalidad de la fe y la exaltación de la emoción y los sentimientos a través de la cual trata esta de parasitar nuestras mentes y, en última instancia, las políticas y las leyes. Pienso en aquel cuadro de Brueghel el Viejo, al que yo rebautizaría como “El combate entre doña Razón y doña Fe”, y me imagino a sus personajes portando banderas arcoíris, trans, esteladas, ikurriñas, frente a unos pobres ingratos con gorros frigios y extensos pergaminos plagados de conocimiento, de razón, de lógica, y no veo a estos últimos ganando dicho combate. Para desgracia de la clase trabajadora, las mujeres, y el sentido común.

Y ante el inevitable pesimismo de la inteligencia, ¿qué nos queda? Pues por no dejar a medias la cita de Gramsci: el optimismo de la voluntad. El convencimiento de que la razón nos pertenece, en todas sus acepciones. De que pensar es de izquierdas. De que cuestionar políticas neoliberales e identitarias es de izquierdas. De que defender la libertad, la igualdad y la fraternidad (y la indivisibilidad de la república) es de izquierdas. De que hablar de condiciones materiales es de izquierdas. De que recordar que son las personas, y no las “naciones” y las lenguas, las que tienen el derecho a ser tratadas como iguales, es de izquierdas. Y así hasta que la razón en marcha atruene de nuevo.

 

Clara Breña


Graduada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. En política, feminista radical y defensora de una izquierda materialista, centralista y racionalista, contraria a toda política de autodeterminación.

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  • Excelente. Un lujo leerlo y un deber compartirlo.

    Alba Díaz 25/07/2021 22:15 Responder

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