La periferia no es para mí (o la centrofobia)

centrofobia

Clara Breña | Parece ser que cunde últimamente una especie de centrofobia, por no decir directamente de madrileñofobia, y lo pongo en cursiva porque no soy yo muy de abusar de las acusaciones de fobias, pero ya me entienden.

Veo a personas que –circunstancialmente– viven en lo que algunos llaman naciones periféricas (patrias chicas, lo que llaman mi pueblo, pero no en sentido estrictamente municipal, sino romántico) desplegar una especie de animadversión hacia quienes –circunstancialmente también– vivimos en otras zonas de España, en concreto en esas a las que se suele llamar el centro, con todas sus connotaciones: centro geográfico y centro político-administrativo del Estado. Animadversión expresada cuando tales personas pisan un suelo que, creen aquellos, no les pertenece, okupan sus espacios, los invaden.

Y es que parece ser que Madrid es de las zonas con más renta de España, según dicen estos periféricos, pues es bien sabido que todo el proletariado madrileño vive en casas de tres plantas con jardín y tiene chófer para ir a trabajar todos los días. Y dicha aristocracia obrera tiene además el litoral peninsular como su particular zona de recreo. Ya en serio: si Madrid tiene más renta será porque hay una mayor concentración de tejido empresarial y porque las grandes empresas tienen aquí sus sedes, porque con alquileres que en el mejor de los casos rozan los 800€ mensuales, me explicarán ustedes qué nivel de renta (y de vida) le queda al obrero o la obrera que habita el espacio del centro de España.

Porque el proletariado madrileño es periférico, sí, pero periférico de verdad, expulsado como se ha visto del centro (un centro que cada vez se hace más y más grande). Vive en barrios en la periferia de la propia ciudad de Madrid o en otros municipios dormitorio aledaños. Barrios en los que los alquileres, debido a la gentrificación y turistificación de la vivienda del, digamos, centro, y al efecto de onda expansiva de estos fenómenos que encarecen la vida, alcanzan cifras astronómicas, raramente vistas en otros lugares de España que dicen que son todavía más periféricos.

Barrios sin ningún atractivo, anodinos, con cuatro bares, supermercados y tiendas para el abastecimiento diario, algunos sin apenas un parque donde ir a sacar a los perros o a los niños. En definitiva: barrios obreros. No pretenderán pues, ustedes habitantes de regiones geográficamente periféricas, que el proletario madrileño que habita tan insustancial espacio no se vaya de vacaciones a las playas de  Valencia, de Cádiz, de Asturias o a su pueblo de La Mancha cuando logra juntar unos cuantos días de vacaciones. No pretenderán tampoco culpar al madrileño que se va unos días de recreo veraniego a un lugar que legítimamente le pertenece (de esto hablaremos luego) de que determinadas zonas de España vivan del turismo de sol y playa (nacional e internacional), de los bares, los hoteles o la fiesta nocturna. Tendrá mayor sentido culpar de esto al desmantelamiento del tejido industrial español que lleva décadas perpetrándose, y al desaventajado lugar que ocupa España en las relaciones geopolíticas y económicas en la Unión Europea. No lo pretenderán… ¿Verdad?

Porque si algo falta en todo este discurso obsoleto del binomio periferia/centro, campo/ciudad, Madrid/resto de España, es conciencia de clase y una visión amplia de lo que, en efecto, es un problema: que un país entero, y especialmente determinadas regiones del mismo, tenga en las manos de un solo sector (la hostelería y el turismo) su supervivencia económica. Falta conciencia de clase y falta, por qué no decirlo, conciencia nacional. El espacio de una playa gaditana le pertenece tan legítimamente a quien –de nuevo, circunstancialmente– pisa esa arena todos los días, que al que va allí desde Madrid cuatro días al año para huir de su insulsa rutina. La playa de La Concha es tan del donostiarra como de la salmantina que vive en Illescas y trabaja en Fuenlabrada. El pueblecito pintoresco de los Montes de León le toca (políticamente) tanto al leonés como al mostoleño. Porque de eso va la nación política: de superar los límites de la patria chica, geográficos, emocionales, políticos y materiales si fuera el caso.

La idea moderna de ciudadanía va precisamente de la soberanía compartida por todos los habitantes de la nación, del “lo mío no es sólo mío, sino tuyo también, de todos”, de la igualdad radical entre todos los ciudadanos que conforman dicha nación y, por supuesto, del territorio político como bien público y nacional, perteneciente a todos y compartido por todos. Lo contrario –la exaltación emocional de las patrias chicas y los terruños, el pensar que un espacio te pertenece por haber nacido o haberte empadronado en él, y el desagrado sentido y expresado hacia quienes pisan esporádicamente una tierra que crees ser sólo tuya y de los tuyos– es xenofobia y un concepto del espacio y del pueblo profundamente reaccionario. Para todo lo demás: conciencia nacional y de clase y tratar de no errar el tiro en la búsqueda de culpables de que tus playas estén hasta la bandera.

Por último, y sin que sirva de precedente, déjenme concluir esta disertación (que parece más un desahogo personal que otra cosa) haciendo gala de un mínimo orgullo de la región que me ha visto nacer y crecer: Madrid. Pero no un orgullo de esas cosas que parece ser que aquí hacemos a la madrileña, según dice Ayuso, sino de todo lo contrario: de la ausencia total de sentimientos identitarios y de arraigo con una cultura y un suelo que no consideramos nuestros. Porque en Madrid es más habitual el madrileño de primera generación que el de pedigrí (de ocho apellidos madrileños). Porque habitan su espacio en pie de igualdad quienes han nacido aquí y quienes han nacido en otros lugares (dentro o fuera de las fronteras de España), porque madrileño sentimos también a quien trabaja en Madrid pero vive en Guadalajara, o viceversa. Diré más: jamás, en los casi treinta años que he vivido en Madrid, he escuchado a un madrileño (o se me ha pasado a mí por la cabeza) un solo comentario xenófobo sobre todas esas gentes de provincias que hacen la Plaza Mayor, la calle Preciados o la Puerta del Sol intransitables durante los días de navidad. Jamás he oído un “¡fuera de aquí, paletos, que esta tierra es mía!” cuando una marabunta ingente de personas periféricas se congrega para ver Cortilandia o hace cola en las jornadas de puertas abiertas del Congreso de los Diputados. Y, ¿por qué no? Pues porque son bienvenidos. Porque esta tierra es suya.

Porque de eso se trata: de que las calles madrileñas le pertenezcan tanto al madrileño de pro como al manchego, al gallego o al extremeño. Porque la nación va de igualdad y hermanamiento, no de segregación y apropiación del territorio. Y es que gracias a la acogida que en Madrid tuvieron mis antepasados asturianos, extremeños y andaluces, soy yo una madrileña cualquiera hoy. Sin golpes de pecho, sin banderas, sin orgullos y sin exaltación de nada que se haga a la madrileña: sino por casualidad y por azar.

Porque la nación, insisto, va justo de eso: de ser una cualquiera, una más –ni más que otros, ni menos– en cualesquiera suelos de España que se pisen.

 

Clara Breña


Graduada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. En política, feminista radical y defensora de una izquierda materialista, centralista y racionalista, contraria a toda política de autodeterminación.

Todos los comentarios

  • Totalmente de acuerdo con lo que explica tu artículo.
    La culpa de todo esto la tiene, entre otras cosas, la “izquierda” desnortada, más preocupada por mantener privilegios “históricos” de las burguesías periféricas que por elevar las condiciones de la clase obrera.
    Otra cosa es que la solución tampoco sea la proliferación de partidos tipo “Teruel existe” o “Soria ya”, que aunque tienen razones más que suficientes para exigir cosas a las que tienen derecho, no sería de recibo convertir el Congreso en un parlamento de 51 partidos tipo “Palencia p’a cuando” o Sevilla tiene un color especial”.

    Juan Francisco Rey Benito 15/02/2022 12:32 Responder
    • No des ideas, jajaja. Gracias por leerlo.

      Clara Breña 18/02/2022 12:14 Responder
  • Madrid, donde todos somos madrileños, los que nacimos aquí y los que no, esa y no otra es su grandeza, a diferencia de otras ciudades de España, donde se insulta y menosprecia a los no nacidos en ellas,como muy bien dices en tu articulo, lo sorprendente de ello es que partidos supuestamente progresistas caigan en la mas rancia ideología fascistoide, de creer que la tierra es de ellos.

    Manuel Domínguez Marqués 20/04/2022 16:11 Responder

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