La izquierda contra la clase trabajadora

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Alberto González |

I. Crónica de un desamparo

Tras un conflicto bélico devastador y un período de entreguerras políticamente turbulento, la población de la Europa occidental de la segunda postguerra mundial estaba harta de los pensamientos antiliberales (fascismo y comunismo, esencialmente), a los que les atribuían la culpa de la muerte de unos 50 millones de personas. La socialdemocracia y el centro democrático cristiano lograron crear una suerte de consenso que supuso la creación de un nuevo tipo de Estado, en el que se respetaban los derechos civiles y políticos propios del sistema liberal tradicional, a la vez que supuso la extensión de los derechos sociales (educación y sanidad universal, trabajo digno, vivienda digna) y se creaba un sistema de protección a los más económicamente desfavorecidos a cargo del Estado, sin abandonar el modo de producción capitalista, bautizado como Estado del bienestar. En Francia, Inglaterra, Italia, la RFA, este consenso (con la ayuda inestimable del Plan Marshall) trajo, después de una rápida recuperación de los daños de la guerra, una etapa de estabilidad política y prosperidad económica sin precedentes en Europa, en los que los trabajadores habían conquistado numerosos derechos sociales. Su construcción fue esencialmente motivada por el terror de los políticos de la Europa no comunista a no poder igualar las condiciones de vida de las clases populares y la igualdad social que había en los países del Este, con condiciones tan ventajosas para los trabajadores como la jornada laboral de siete horas.

Los factores anteriormente expuestos, además de una fuerte propaganda anticomunista, causaron un gran rechazo de la clase obrera de la Europa occidental por las alternativas políticas que supusieran un cambio profundo en la sociedad, puesto que estaban cómodos con su situación de entonces: el Estado les había dado algo que perder. Se extendió la conformidad por la clase trabajadora, que dejó de apoyar a los movimientos socialistas tradicionales. La militancia en los partidos de izquierdas comenzó a caer al tiempo que caía la conciencia de clase. De este modo, la izquierda de la Europa capitalista comenzó a buscar nuevas reivindicaciones sociales fuera del ámbito del bienestar material de los trabajadores, olvidando que las condiciones materiales de las relaciones de producción seguían siendo injustas según sus postulados teóricos. En este contexto, en todo el mundo occidental, especialmente en el anglosajón, crecían movimientos que cuestionaban los valores y usos sociales tradicionales, tales como la familia tradicional, la represión del instinto sexual, la disciplina, el militarismo, etc.

De forma paralela, la mejora del nivel de vida de los trabajadores supuso un crecimiento considerable de la clase media, lo cual disminuía la desigualdad social existente, gracias a una mejor redistribución de la riqueza lograda por el (al principio) existoso Estado del bienestar. Uno de los fenómenos más destacados, derivados de esta época de bonanza económica y bienestar social, fue un considerable crecimiento de los universitarios. Por poner un ejemplo, en la Francia de 1945 el número de universitarios no llegaba a los 100.000. En 1970, alcanzaba los 651.000.

Los hijos de los trabajadores más prósperos y los hijos de los burgueses coincidían en el ambiente universitario. Estos jóvenes asimilaron modas anglosajonas como el estilo de vida del rock o la cultura hippie, las cuales marcaron a una generación entera. La izquierda hizo suyas las reivindicaciones sociales de estos movimientos: aquellas que gritaban la liberación de las minorías oprimidas por un sistema capitalista que, según ellos, les excluía del disfrute del Estado del bienestar (inmigrantes, mujeres, mendigos, homosexuales). Estos nuevos gritos de liberación pronto cobraron protagonismo en la nueva izquierda, que fueron complementadas con el seguimiento de un modo de vida absolutamente hedonista: alcohol, drogas, promiscuidad, etc. El amor libre dejó de ser un tema tabú, así como la homosexualidad, para pasar a ser protagonista en los debates en los movimientos de esta izquierda nacida de la opulencia.

Se comenzó a relacionar el activismo político con algo lúdico, un entretenimiento más que una lucha. El discurso revolucionario pasó a estar adaptado al prototipo de universitario de clase media y alta, cuyo individualismo no entendía del sometimiento a la disciplina, el dogmatismo y la jerarquía leninista ni a un ideal superior, bajo las influencias de sus interpretaciones de las tesis revolucionarias de Rosa Luxemburgo, Mao o Trotsky. Así terminaba el folleto Sobre la miseria en el medio estudiantil de la Internacional Situacionista: “Las revoluciones proletarias serán fiestas o no serán, pues la misma vida que anuncian será creada bajo el signo de la fiesta. El juego es la racionalidad última de esta fiesta, vivir sin tiempo muerto y disfrutar sin trabas son las únicas reglas que podrá reconocer”. Bajo estas directrices caóticas tuvo lugar la revuelta en mayo del 68 en Francia, que a la hora de la verdad, con un cuestionable potencial y una falta absoluta de organización, no supo conquistar el poder.

Pese a sus pretensiones de llegar a la clase obrera, sus consignas pronto chocaron con los intereses de los trabajadores. En mi opinión, el mejor ejemplo de este fenómeno es uno de los sucesos menos conocidos de la festividad del Primero de Mayo de 1968. Se trata de un enfrentamiento de estudiantes y obreros del puerto de la capital británica, en el cual los obreros protestaban contra los perjuicios que sufrían debido al aumento de la inmigración, con una respuesta de estudiantes londinenses de la nueva izquierda que no ha pasado de moda en nuestros tiempos: gritos de “fascistas hitlerianos” a estos trabajadores. La contestación de los trabajadores a las acusaciones de los estudiantes fue simple y concisa: les mandaron a la peluquería por sucios y peludos.

La nueva izquierda, como era de esperar, no tardó en reaccionar contra la izquierda tradicional, a la que consideraba reaccionaria por no asumir los preceptos de la liberación de las minorías consideradas oprimidas por los hijos de la abundancia occidentales, lo cual supuso la ruptura de los partidos comunistas europeos (eurocomunistas) y la izquierda tradicional, cuyos representantes eran los Estados socialistas de la Europa oriental.

II. En los tiempos que corren

Si la socialdemocracia se había aliado con el centro democrático en la construcción de un Estado de bienestar que servía como metadona para las reivindicaciones de la izquierda revolucionaria tradicional y la izquierda “radical” ya no velaba por los intereses de la clase obrera y tenía un discurso pseudorrevolucionario, ¿qué rama de la izquierda apoyaba los intereses de los trabajadores?

Esta es una pregunta que empezó a plantearse cuando llegó 1973, con la crisis del petróleo que significó el principio del fin de esta era de la opulencia y del Estado del bienestar y, sobre todo, cuando en 1991 los países capitalistas dejaron de necesitar defender los derechos sociales (al menos como se había hecho hasta entonces) después de casi dos décadas de cuestionamiento del Estado de bienestar y de promoción del neoliberalismo gracias a figuras como Thatcher o Reagan, debido en gran parte a que el derrumbe del bloque soviético significó que los países capitalistas no tenían que competir con los socialistas en cuanto al bienestar social de las clases trabajadoras.

Pese al deterioro del Estado del bienestar, la extensión del neoliberalismo, el deterioro de las condiciones laborales y el consecuente aumento de la desigualdad, el panorama de la izquierda posmoderna no ha cambiado. Por lo menos en España, las condiciones de vida (cada vez más precarias) de los trabajadores no ocupan un lugar de capital importancia en el discurso de la izquierda. En Europa los nuevos tiempos son difíciles para la clase trabajadora, que no le queda más remedio que ampararse en una izquierda desentendida de sus preocupaciones, adaptada a una época de prosperidad que hace tiempo que pasó, con nuevos retos que no parece dispuesta a afrontar. ¿Es la nueva izquierda el nuevo brazo armado del capitalismo? ¿Qué movimiento político ocupará el lugar que ha dejado vacante la izquierda tradicional?

 

Alberto González

 

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