La banalización de la política

La banalización de la política

Ana Pollán | Dicen que la izquierda y la derecha se difuminan al tiempo que ocultan la radicalización de las diferencias de clase. Sin embargo, desactivan la lucha de clases. Los mismos que hace años decretaron al eje izquierda-derecha como una categoría política vetusta e infructuosa claman hoy contra la extrema derecha y se autodenominan izquierda cuando conviene. Los mismos que acusaban al PSOE, no sin razón, de compadrear con la derecha y la patronal sacan pecho hoy de haber mecanografiado solícitamente al dictado de Garamendi. Al mismo tiempo que Díaz celebra su reforma laboral como cuasi revolucionaria (no literalmente, pues estoy segura de que semejante adjetivo le produce urticaria), Báñez, Rajoy, y los editoriales de los medios conservadores se felicitan porque la reforma complace a Bruselas y, aún mejor, apenas matiza la del Partido Popular. No me cabe ninguna duda de que, si mañana los titulares aparecieran sin el autor, sería perfectamente imposible saber si la frase es de Sánchez, de Díaz, de Garamendi, de Abascal o de Casado.

Comparar programas electorales confirma la unánime apuesta por las frases vacías, vacías por no concretarse en nada y vacías por estar ayunas de posición política firme. La equidistancia y la neutralidad en un sistema neoliberal sanciona al sistema neoliberal, por lo que la equidistancia es necesariamente reaccionaria y la inconcreción espaldarazo a la involución desenfrenada en la que apenas resistimos. Lo que hoy se dice izquierda (a ratos, cuando no la denigran como categoría desfasada y la agitan para mantenerse en el sillón) es una amalgama de partidos que no son marxistas ni ilustrados ni laicos ni republicanos ni feministas; son grupos cohesionados entorno a un líder encargados de colocar en Twitter el tema de la semana. Así sea un chuletón, la autenticidad de la nata del roscón de Reyes o si las Tanxugueiras (que no sé ni quién son, ni si lo escribo bien, ni me importa en absoluto) merecían ganar no sé qué festival estridente. La cosa esa dio, sin embargo, para que el Ministerio de Igualdad trabajase a pleno rendimiento y ahondase en una de sus preocupaciones más firmes. Resultando irresoluble a partir de qué talla de sujetador puede considerarse a una persona hombre o mujer, se plantea una nueva tesis de insondable calado: los hombres tienen miedo a las tetas. Ha quedado muy atrás el gusto por la retórica plena de argumentos, incapaz de zafiedad y ambiciosa en formas exquisitas, o, al menos, el insulto inteligente y elaborado de quienes sabían que ocupar un escaño o un ministerio exigía apariencia de ejemplaridad, un poco de hondura argumentativa, cierta elevación del discurso y una mínima contención. Al menos eso.

No tenemos militantes sino clubes de fans; no tenemos convicciones políticas firmes ni programas, sino relatos. No tenemos partidos sino estrellas en función de la simpatía que conciten. Ayusers, mañuequers, yolanders y sanchistas. Tenemos a una vicepresidenta del gobierno resuelta a “escuchar” a “personas” para saber los “temas que interesan” pero sin “proyecto político” y sin “estructura” porque “los partidos son un obstáculo”. Hace no tanto, ser comunista era pertenecer al Partido, con mayúsculas, saberse número, obedecer directrices y hacerlo no por asumirse oveja, sino por tener una conciencia de clase y un sentido crítico y de la justicia privilegiado; por saber que el bien común estaba muy por encima de los intereses individuales. Por considerar que, estando de acuerdo en unos principios y un programa concreto, el militante bueno era aquel disciplinadamente organizado, por deber y convicción honesta, sin ruido, con diligencia. Asunto distinto a organizarse giras y reportajes fotográficos. Todo aquello no tenía el apoyo de la patronal, ni de la prensa conservadora ni de las cabezas obtusas. Lo de ahora, sí. El anticomunismo siempre concita a los mismos.

Entre tanto, una izquierda marxista, materialista, republicana, laica, antinacionalista, internacionalista y feminista se aleja cada día más de nuestras posibilidades políticas dada su imposibilidad de surgir en medio de este insondable pozo de fango. Fango populista, anómico, pusilánime, apolítico, postmoderno, antimarxista, anti-ilustrado y antifeminista, que más que fango parecieran toneladas de cal en el terreno político para que nada bueno pueda siquiera germinar.  Sin embargo, desde hace unos cuantos siglos todo sigue igual y lo seguirá estando, por más que se entierre bajo impenetrables capas de esta distopía espectacular barata. En tanto imperen las mismas desigualdades y las mismas injusticias, las opciones serán las mismas: o izquierda marxista, ilustrada, laica, feminista y antinacionalista o barbarie. En medio no hay grises. Quien los advierta advierte espejismos, por ingenuidad o por cinismo.

 

Ana Pollán


Ana Pollán nació en León en 1994. Es graduada en Filosofía por la universidad de Valladolid. Es Máster en Filosofía Teórica y Práctica de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Es doctoranda en el programa de Filosofía, también en la UNED. Es feminista, socialista y republicana.

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