La amenaza del queerismo territorial

queerismo territorial

«Todas las cosas deben ser examinadas, debatidas e investigadas sin excepción y sin tener en cuenta los sentimientos de nadie.»

Denis Diderot

 

Alba Díaz | El viernes 16 de julio de este año, la Ministra Yolanda Díaz acudió a mi tierra, Asturias, y participó en una charla donde propuso sustituir el concepto de Patria por el de Matria, arguyendo que “La matria es algo que cuida, que trata por igual a todas las partes, que no discrimina a nadie porque hable una lengua determinada […]”. Se trata de una declaración cargada de mensaje, no solo por el sexismo y antipatriotismo inherente a la misma, sino por la apabullante muestra de congruencia ideológica: darle a España identidad femenina antes de proceder a su violento desmembramiento. No en balde, este gobierno apoya el generismo queer y los nacionalismos fragmentarios.

Patria proviene de terra patria (“tierra de los padres”), donde radican el sustento material y humano que hemos heredado. No obstante, este concepto romano estaba estrechamente vinculado al ideal republicano (res publica significa “cosa pública”, lo que es de todos). Cicerón insistía en que el patriotismo se traducía en lo contrario a la persecución de intereses particulares[1]. De esta cita se extraen dos importantes conclusiones: que el patriotismo no sería hoy asociado a la derecha si no hubiéramos renunciado al concepto, y que el patriotismo no va en contra de extranjeros ni de culturas minoritarias (“amigos de la patria”).

En términos similares se pronunciará posteriormente Maquiavelo, quien además vería en el intercambio cultural y lingüístico un enriquecimiento. De forma más clara y contundente se pronuncian tanto Mr. John Toland como John Milton (siglo XVII) al sostener el primero que el hogar radica no necesariamente donde uno ha nacido, sino donde uno es feliz y libre como ciudadano; insistiendo en que el amor a la patria era un amor de carácter político y no cultural. El segundo, establece que el criterio para diferenciar a los buenos y los malos patriotas es la naturaleza de su ligazón para con esta idea: a los buenos les une la fraternidad y el deseo de libertad, que une e intensifica lazos entre los pueblos; mientras que los malos patriotas, o patriotas de la tierra, sostienen una postura arrogante hacia otras culturas y otras lenguas, casi de superioridad hacia el resto, viendo extranjeros incluso entre miembros de la misma comunidad cívica.

En el siglo XVIII irrumpió la Ilustración, y con ella el ensalzamiento de la Razón, el estudio de las ciencias y de la naturaleza humana; llegando en este último aspecto a afirmar la igualdad entre todos los seres humanos con independencia de su lugar y sexo de nacimiento, ya que todos y todas estaban en posesión de la Razón. Por otro lado, se erigía un Estado fuerte y centralizado en defensa de los ideales republicanos clásicos, tal y como manifiesta el lema revolucionario Liberté, égalité, fraternité.

Hoy nos encontramos dejando atrás las luces -y también algunas sombras- propias de aquel siglo, que vio nacer tanto el feminismo como movimientos culturales que abogaron por la defensa de lenguas y tradiciones minoritarias (anteriormente aplanadas por las monarquías absolutas), combinando pacíficamente su defensa con el sano patriotismo. Veremos que lo que hoy se proclama como feminismo y nacionalismo desde las instituciones, poco o nada tienen que ver con aquellos movimientos ilustrados. Si no actuamos con prontitud, los veremos ser arrollados por la Posmodernidad.

La posmodernidad es aquel movimiento (in)cultural, surgido a finales del siglo pasado en EE.UU., que defiende la crítica al racionalismo, el relativismo en torno a la verdad -incluida la científica-, la laxitud moral, el cuestionamiento de las autoridades intelectuales y el ensalzamiento del individuo: en otras palabras, la posmodernidad es la traducción cultural del capitalismo globalista yanqui. Y veremos cómo, bajo su prisma, se encuentran nuestros representantes políticos que, amparándose en el generismo queer y el nacionalismo fragmentario, atentan contra los intereses del pueblo. Los símiles entre ambas ideologías son constantes.

Primeramente, es el sentimiento el motor de tales posturas, viniendo a ser una perversión del enunciado cartesiano (-me- siento, ergo soy). Parten, por tanto, de una premisa tan subjetiva que no admite ningún debate, mas cuando la réplica es acusada de transfobia o de rojipardismo, respectivamente; pero no ponen empeño alguno en hacer comprender dicho punto de partida, porque sencillamente es imposible. Los hunos apelan a quintaesencias presentes en el cerebro que hacen mutar el sexo (idealismo extremo), mientras que los hotros apelan al momento pasado de su conveniencia (“nación milenaria”, dice Otegi, como si entrar en el País Vasco se asemejase a descubrir la Atlántida).

En estrecha relación con el sentimentalismo anterior se encontraría su victimismo: autonomías industrialmente más fuertes que el resto, cuyas lenguas se enseñan a través del sistema público y que sirven como herramienta para blindar sus cifras de ocupación de empleo, cuyos partidos políticos se encuentran sobrerrepresentados en las Cortes, además de contar con privilegios fiscales de naturaleza feudal, dicen estar oprimidas por el Estado español. Pazguatería semejante es aquella por la cual un puñado de varones primermundistas dicen estar oprimidos, bajo un sistema hecho por y para ellos, por no poder materializar sus fantasías de amamantar a la infancia o vencer en categorías deportivas femeninas. Ver para creer.

El victimismo anterior encuentra su desesperada justificación en la etapa preconstitucional, ya que es muy cierto que el nacionalcatolicismo perseguía y castigaba duramente tanto la disidencia sexual como cultural. Y es que el chantaje emocional es la principal herramienta de seducción que emplean tanto nacionalistas como generistas queer, pero ni rastro de argumentos.

De hecho, los argumentos racionales inquietan sobremanera a ambos bandos, que reaccionan de forma más propia a la de defensores de una ideología sectaria que de un movimiento que se dice político. Y tanto es así que apuestan por la censura y el acribillamiento ante toda voz que se alce contra sus dislates, llegando incluso a delinquir contra el Estado y el erario público, o a agredir a feministas en el 8 de Marzo.

La razón por la que dichas ideologías triunfan en la actualidad obedece a la ética capitalista, sumamente individualista, fragmentaria e inversionista, que no persigue otra cosa que -respectivamente- la atomización social a través de disputas estériles entre conciudadanos y políticas de identidad, que empañan la perspectiva de clase o incluso la hacen desaparecer, a la par que rompen las instituciones que en último término salvaguardan a las personas de la depredación del sistema; y todo ello no sin garantizar el rédito económico, y es que cabe recodar las políticas neoliberales que apoyan los nacionalistas, como la explotación sexual y reproductiva, la hormonación de menores y protocolos escolares de “infancias trans” (todo ello en compañía del transactivismo queer), así como el dumping fiscal, la amnistía para las empresas de reparto y el apoyo a religiones retrógradas como el islam.

Por todo ello es necesario recordar que la comunidad es el único patrimonio de quienes nacimos pobres, que defender la unión es nuestro deber cívico, que la democracia exige compromiso y responsabilidad, que solo los ricos pueden permitirse renunciar a la patria y al feminismo; que no se trata de negar las diferencias ni excluirlas, sino de poner el acento en las notas comunes; que el enemigo es el sistema, y que divididos seremos, con toda seguridad, vencidos.

[1] “patria es una forma de piedad que consiste en el amor cuidadoso y servicio benevolente para con los conciudadanos y amigos de la patria”. Summa theologiae, 2-2ae, q. CI, a. III, p.370.

 

Alba Díaz


Graduada en Derecho por la Universidad de Oviedo, actualmente Funcionaria de la Administración Local con Habilitación de Carácter Nacional. En política, feminista radical y socialista, comprometida con la transformación social y el racionalismo.

Todos los comentarios

  • Brutal. Excelente.

    Da igual 25/07/2021 10:04 Responder
  • Interesante artículo. Te pediría que hicieras otro explicando por qué te defines como feminista radical. No lo digo desafiándote sino todo lo contrario: para aprender de ti. Se da la circunstancia de que muchas personas identificamos feminismo radical como parte de los “trucos y tejemanejes ” de la nueva izquierda.

    Margarita Bilbao 27/08/2021 12:07 Responder
    • Tranquila, Margarita, no me lo tomo como un desafío hostil, sino todo lo contrario: es algo que reflexionó muy a menudo y.. ¿Por qué no? Gracias por el comentario y la inspiración sobre el tema 😉

      Alba Díaz 03/09/2021 09:35 Responder

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