El PSOE y Podemos estrechan su amistad con el rey Mohamed VI y EE.UU

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Pablo A. Muñoz Alconada | El pasado 14 de marzo de 2022, Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, envió una carta al rey Mohamed VI en la que calificaba la propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara como «la más seria, creíble y realista para la resolución de este diferendo». El abandono formal de la supuesta neutralidad que mantenía el ejecutivo ha conseguido dar por terminada la crisis diplomática abierta tras la hospitalización del líder saharaui Brahim Ghali que tuvo como inmediata consecuencia una de las mayores crisis migratorias en Ceuta auspiciada por el Gobierno de Marruecos. Sin duda, se trata de un gran triunfo de la diplomacia marroquí, la cual ve reforzada su posición en un contexto de creciente polarización internacional. El ejecutivo anunció que el acuerdo incluye la renuncia de Marruecos a los territorios españoles de Ceuta, Melilla y las Islas Canarias. No deja de sorprender que se haya negociado infringir la legalidad internacional bajo la supuesta promesa marroquí de dejar de desafiar la integridad territorial de España. Lo cierto es que tras esta explicación subyacen varios factores: el control migratorio, la presión de los aliados occidentales, la cooperación en materia de seguridad y una tupida red de intereses económicos. De facto, los diversos Gobiernos españoles ya habían asumido una postura a favor de la posición magrebí respecto al Sáhara, lo que se tradujo en un apoyo fundamental tanto en Naciones Unidas como en la Unión Europea. En las próximas líneas trataré de exponer las causas diplomáticas, geopolíticas y económicas que responden a esta decisión del Gobierno de coalición entre el PSOE y Podemos.

En los últimos veinte años, destaca un progresivo acercamiento diplomático de Marruecos a Estados Unidos materializado en la firma en 2004 de un acuerdo de libre cambio entre los dos países y la consecución del estatus de aliado preferente no – OTAN por parte del país magrebí. En 2020, el presidente estadounidense Donald Trump aceptó la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a cambio del reconocimiento diplomático de Israel, lo que avivó el enfrentamiento bélico con el Frente Polisario.

En lo que respecta a la derivada geopolítica internacional, nos encontramos ante un conflicto que comenzó en el transcurso de la Guerra Fría y, por ese motivo, Marruecos siempre ha sido un aliado tradicional de Estados Unidos. De hecho, no sorprende escuchar a sus portavoces afirmar que fue el primer país africano y musulmán en reconocer la independencia de la superpotencia. Por otro lado, el Frente Polisario recibió el apoyo de Argelia, integrante del Movimiento de Países no Alineados, que compartía intereses y vínculos con la Unión Soviética. En términos geográficos, el Sáhara Occidental se encuentra en un enclave estratégico cardinal entre la zona del Magreb y el África subsahariana. En este sentido, los intereses estadounidenses se alineaban con los marroquíes ya que una hipotética república saharaui dependiente de Argelia y, a la postre, de la Unión Soviética, hubiese amenazado el control del noroccidente africano. Además, existía la posibilidad de que Argelia consiguiera a través del Sáhara una salida hacia el océano Atlántico.

La caída de la Unión Soviética explica en parte la disminución de la potencia de fuego del Frente Polisario y la ofensiva diplomática marroquí para solucionar el conflicto en favor de sus intereses. Tras los atentados contra las Torres Gemelas en 2001 y la invasión de Afganistán (2001) e Iraq (2003), Marruecos se convirtió en un aliado imprescindible para Estados Unidos en un momento en el que necesitaban urgentemente cierto alivio diplomático ante la pérdida de prestigio ocasionada por la escalada bélica en Oriente Próximo y la actividad terrorista de Al-Qaeda. Por otro lado, en la última década, los esfuerzos diplomáticos estadounidenses se han afanado por conseguir el reconocimiento de Israel por parte de los países árabes. Objetivo que han cumplido con Bahréin y Emiratos Árabes Unidos tras los Acuerdos de Abraham, así como con Marruecos. Por su parte, Francia y Alemania han seguido el mismo camino que España emitiendo declaraciones a favor del plan marroquí en los últimos meses. En vista de lo cual, podemos concluir que estamos asistiendo a un cambio sustancial en la postura europea respecto al Sáhara Occidental.

Por su parte, Rusia, socio tradicional de Argelia, a partir del comienzo del siglo XXI, intentó progresivamente recuperar cierta presencia internacional tras la debacle posterior a 1991. En la última década, la Federación Rusa ha incrementado su presencia en la escena internacional interviniendo en el Medio Oriente y el norte de África directa o indirectamente, tal y como ocurrió en Siria y Libia. En lo que respecta a Argelia, el interés principal ruso es el de mantener un aliado fuerte en la frontera meridional de la OTAN. Con este objetivo, en 2006 canceló la deuda argelina por valor de 4.740 millones de dólares. Nos encontramos en definitiva ante una pugna regional con una vertiente internacional de gran calado.

En este sentido, cabe señalar el aumento del gasto militar de Marruecos y Argelia en un 4% y un 6% del PIB respectivamente. Ambos países están adquiriendo material bélico de última generación a Estados Unidos y a Rusia respectivamente. Marruecos mantiene en su territorio bases estadounidenses y en 2019 el importe por adquisición de armamento a la superpotencia norteamericana ascendió a 985 millones de euros. De este montante, sobresale la compra de veinticinco cazas de combate F-16 Block 72 de última generación. Además, el reino alauita tiene acceso al sistema de espionaje Pegasus, lo que le ha permitido un mayor control de la oposición al régimen. En contrapartida, Argelia gastó 1.900 millones de euros en material militar ruso entre los años 2011 y 2015 entre los que destaca la compra del caza furtivo Su-57 y el sistema móvil de misiles antiaéreos S-400 que tiene la capacidad para neutralizar aviones de combate occidentales. Asimismo, las relaciones diplomáticas entre los dos países se congelaron tras el acuerdo con la administración Trump. Esto ha provocado el cierre del gasoducto que cruza Marruecos y transporta el gas a España. La consecuencia inmediata ha sido un incremento de los costes de las importaciones de gas que ahora se transportan más por vía marítima. Por no hablar de que han aumentado las compras del gas estadounidense en detrimento del argelino influyendo también en el alza del precio final. Todo esto ha dado lugar a una situación bilateral muy tensa entre los dos países magrebíes y no se descarta que la alineación de España con las tesis marroquíes pudiera desencadenar algún tipo de reacción por parte de Argelia en relación a la compraventa de gas.

En lo que respecta a las relaciones hispanomarroquíes, desde los años noventa se ha implementado una política encaminada a establecer intereses comunes. Como resultado, España se ha convertido en el primer socio comercial de Marruecos y en el segundo inversor del país, construyendo una amplia red de interdependencia a nivel económico y social. En razón de lo anteriormente expuesto, ha prevalecido la cooperación a pesar de los rifirrafes causados por las reivindicaciones territoriales que desafían la integridad territorial española.

Siguiendo esta línea de cooperación, España se ha convertido en los últimos veinte años en el mayor y mejor valedor de los intereses marroquíes en la Unión Europea y la ONU. Cabe destacar, entre otras actuaciones, el intento español por suavizar la postura del Consejo de Seguridad contra Marruecos tras el rechazo al Plan Baker II y que, tras el levantamiento saharaui de 2005, se apoyaron discretamente las posiciones marroquíes. Posteriormente, en el contexto de las primaveras árabes y el estallido del Movimiento del 20 de febrero, el Gobierno socialista encabezado por Zapatero avaló las políticas de Mohamed VI y, tras la cancelación de los acuerdos de pesca por parte de la justicia europea, el ejecutivo español trató de mantener las costas del Sáhara dentro del trato. De igual manera, esta red de intereses comunes explicaría ciertas decisiones españolas que tendrían como objetivo no socavar las posiciones diplomáticas marroquíes. Entre las mismas, destacan el rechazo a integrar a Ceuta y Melilla en el territorio aduanero de la Unión Europea, la negativa a que Frontex colaborase con España y el hecho de que el actual monarca no visitara Ceuta y Melilla tras su llegada al trono. Por su parte, Marruecos utiliza diversas herramientas de presión cuando se produce algún conflicto diplomático con España. Las más destacadas son el cierre de aduanas, como ocurrió en Melilla en el año 2018 y el uso de la emigración irregular, lo que tiene como inmediata consecuencia el aumento de la llegada de pateras a Canarias o los saltos masivos a las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla. El Gobierno español mantiene una línea diplomática cautelosa con el fin de no comprometer la cooperación marroquí en materia de seguridad y control de fronteras. Esta actitud podría haberse interpretado desde Rabat, junto con el firme respaldo estadounidense, como un alarde de poder en las relaciones bilaterales entre ambos países. Por lo tanto, habría que analizar bajo este prisma las últimas declaraciones respecto a la inclusión de las aguas saharauis como marroquíes, el establecimiento de una zona económica exclusiva de 200 millas y la ampliación de la plataforma continental hasta los 350 km.

La derivada económica está profundamente relacionada con la geopolítica. Por ello, el Sáhara Occidental es un territorio clave para Marruecos. Entre los recursos económicos que atesora destacan los fosfatos, el petróleo, la pesca y los metales preciosos.

Los fosfatos son esenciales en la producción de fertilizantes para la industria agroalimentaria. Fueron descubiertos en 1947 por España que comenzó a explotarlos a través del INI. En los años sucesivos, se construyó una cinta transportadora de más de 100 km hasta la costa para su posterior exportación. Tras la Marcha Verde, España acordó con Marruecos en un anejo secreto de los Acuerdos de Madrid, cederle el 65% por cierto de la empresa, aunque el SEPI mantuvo participaciones de Fos Bucraa hasta el año 2002. Marruecos es el segundo productor de fosfatos del mundo con una producción de 38 millones de toneladas. China ocupa el primer lugar con 85 millones y Estados Unidos el tercero con 22 millones. La importancia de los fosfatos del Sáhara reside no sólo en su capacidad de producción, sino en las ingentes reservas que contiene y la excelente calidad del material. Asimismo, el Gobierno marroquí planea la construcción de una fábrica de fertilizantes en El Aiuún para exportar directamente el producto elaborado.

Respecto al petróleo, el Sáhara cuenta con diversos yacimientos en la zona septentrional, así como en el área de El Aiuún y Bojador, tanto en tierra como en las costas aledañas. En 2002, el Gobierno marroquí aprobó diversas concesiones para realizar prospecciones en un área de 115.000 kilómetros cuadrados a las compañías Total Fina Elf (congelado desde 2003) y Kerr McGee. De igual manera, el pasado 24 de septiembre de 2021 acordó con el grupo israelí Ratio Petroleum la exploración de una superficie de 106.000 kilómetros cuadrados a una profundidad de hasta 3.000 metros. Así pues, la potencial rentabilidad de los yacimientos petroleros del Sáhara Occidental otorga a este territorio una gran trascendencia tanto a nivel regional como a escala internacional.

Por último, cabe destacar la pesca, un boyante sector que se apoya en los ricos bancos de la costa saharaui. Según los acuerdos pesqueros firmados entre Marruecos y la UE, que actualmente penden de un hilo debido a la condena de los mismos por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea en 2021, se concedieron 128 licencias a buques europeos. Más de noventa son españolas y Marruecos obtiene beneficios millonarios anuales gracias a ellas.

En lo que concierne a la política interna marroquí, nos encontramos ante un claro triunfo de la monarquía ejecutiva y del Majzén. Junto con la firme victoria de los partidos cercanos al rey en las pasadas elecciones, estamos ante un afianzamiento de la monarquía. El dosier del Sáhara supone una línea roja dentro de las fronteras marroquíes, lo cual obliga a la práctica totalidad de los actores políticos a reposicionarse al lado de Mohamed VI. De esta manera, se cierra el ciclo de protestas que dieron comienzo en 2011 volviendo a una situación previa a la eclosión de la Primavera Árabe.

En conclusión, el cambio de postura del Gobierno español responde a un viraje gradual de Estados Unidos y sus aliados tras la negociación de la soberanía marroquí sobre el Sáhara a cambio del reconocimiento diplomático de Israel. Asimismo, es posible que veamos reproducido a escala regional un incremento de las tensiones entre los aliados de las grandes superpotencias reflejo del enfrentamiento global que mantienen Estados Unidos y Rusia en diversos puntos estratégicos. En clave nacional, la decisión del Gobierno español va encaminada a seguir manteniendo buenas relaciones con Marruecos, cuya cooperación en materia de seguridad e inmigración irregular le resulta de vital interés. Por otra parte, en un contexto internacional de alza de precios, la alta dependencia del gas argelino, aliado tradicional del Frente Polisario, puede acarrear consecuencias negativas para España si Argelia decide imponer algún tipo de medida punitiva en respuesta a la decisión del ejecutivo español. Respecto a la causa saharaui, el Frente Polisario ha sufrido un grave revés a nivel internacional ya que se ha oficializado el apoyo que, de facto, estaban dando al régimen marroquí los aliados occidentales. Además, aunque hasta la fecha las tensiones entre Argelia y Marruecos no hayan pasado del conflicto diplomático, es posible que estemos en la antesala de un incremento de la actividad bélica en el Sáhara Occidental, lo que podría provocar una reacción hostil argelina.

El actual Gobierno de España, formado por el Partido Socialista y Podemos, ha tomado una decisión en la que intervienen muchos más factores que los mencionados oficialmente. Es evidente que no han prevalecido ni los derechos humanos de los saharauis ni el derecho internacional que se lleva infringiendo desde los años setenta. En estos tiempos en los que no paramos de oír vociferar sobre moral y dignidad a palmeros y periodistas de medio pelo metidos a analistas geopolíticos con altos estándares morales, resulta sospechoso ver el poco tiempo que dedican los medios de comunicación y los partidos políticos a un asunto de tanta importancia para nuestro país. España, como antigua potencia colonizadora, sigue teniendo una responsabilidad moral, legal y política con el pueblo saharaui al que traicionó con la firma de los Acuerdos de Madrid. Tras esta decisión, el Partido Socialista y Podemos se postran ante Mohamed VI y sus políticas. La historia los juzgará.

 

Pablo A. Muñoz Alconada


Profesor en un instituto público

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