Crónica de una muerte anunciada

crónica de una muerte anunciada

Marc Luque |Paraules d’amor senzilles i plenes”, rezaba la dulce y exquisita voz del maestro Serrat en mi salón a media tarde, fundiéndose con otras consignas de voces más jóvenes y estridentes, cuyo objetivo, por cierto, distaba del común en una balada (enamorar): ir al parque.

Al compás del Noi de Poble-Sec, proseguía con la lectura del ensayo que tenía entre manos (La trampa de la diversidad – Daniel Bernabé), la cual tuve a bien en interrumpir amén de declinar o no la posibilidad de seguir el acto (tras la tradicionales ofrendas matinales a Rafael Casanova) de mayor relevancia en la Diada de Cataluña, la manifestación multitudinaria del asociacionismo político nacional-identitario y sus correligionarios.

Pues bien, se suele decir empleando el refranero popular que la curiosidad mató al gato y a mí, lejos de provocarme la muerte, me obligó a anular una quedada con buenos amigos. Ellos, aunque no lo comprendieron, podían esperar. Primaba mi interés por descubrir, ¿decaería la asistencia? ¿qué reacción podrían tener los presentes (representados) si observaban cierta satisfacción de sus representantes con la mesa de diálogo? ¿cómo pensaban combatir al Estado y alcanzar la tan deseada independencia?

Muchas preguntas y otras tantas posibles respuestas, acabaron por decantar la balanza. Y es que, a la pasión por conocer, raramente se le ponen límites. Aunque, qué sé yo, quizás mi romanticismo por la actualidad y, evidentemente, la política, me jugaron una mala pasada. Sin nada que envidiar a los sadomasoquistas más extremos, sintonicé la televisión pública catalana y, tras más de cuatro horas pegado al televisor, quisiera compartirles a aquellos sujetos, no como servidor, equilibrados, algunos aspectos que observé en los congregados, su periodismo afín y los posteriores parlamentos.

Con inicio en Via Laietana y final en la Estación de Francia, cuyas vías recorridas por el Sevillano – ¡qué irónico! (donde se presenciaban las expulsiones de inmigrantes andaluces, murcianos y extremeños a sus localidades de origen por parte del régimen franquista), confluían los distintos sectores del secesionismo catalán, que lejos de hallarse en 1939, persiguen en 2021 un objetivo idéntico, esto es, abolir la comunidad política y privar, a golpe de privatización del territorio político común, de derechos civiles y políticos a la mayoría de sus conciudadanos.

Hoy más divididos y enfrentados que nunca, llegando incluso a las manos, puesto que algunos antifascistas de caviar y camiseta descubrieron que las reinvindicaciones de su “causa” (como así la definió Elisenda Paluzie, de la que más tarde les hablaré, en su intervención), es un fábrica de sujetos fascistoides dispensadores de bilis y odio contra aquellos que no cumplimos con las líneas maestras impuestas para poder ser obsequiado con el más preciado título nobiliario, el de “bon català”.

Así pues, ball de bastons aparte, la manifestación concurrió con relativa normalidad sin incidentes  de gravedad hasta llegar a su punto final, donde les aguardaban Jordi Cuixart, Elisenda y un entusiasta presidente de la Asociación de Municipios Independentistas (en adelante AMI). No más de 100.000 personas según la Guardia Urbana y unas 400.000 para los organizadores, perfectamente uniformados con su camiseta protocolaria que, en esta ocasión, reclamaban lucha y victoria, presenciaron sus discursos. Tras ellos, me planteo si la ANC (Assemblea Nacional Catalana) no erró en la reivindicación plasmada en su camiseta. ¿No hubiera resultado más eficaz partir de una demanda más básica, que pueda luego encauzar las ya mencionadas (lucha y victoria, ergo independencia)? ,es decir, lucha sí y victoria pues también, pero, ¿cómo?  he ahí la cuestión.

Sin responder a la misma pero tratando de alentar, cual pianista en funeral, a los cada vez menos  seguidores, empezó el representante de la AMI, le siguió Jordi y concluyó la restante. Entre las diferentes declaraciones de los sujetos rápidamente pude discernir entre las dos grandes líneas de acción (simbólica en su mayoría) del nacionalismo. Aquellos como el entusiasta president o Cuixart, partidarios de la mesa de dialogo y aquellas como Palauzie, que lejos de ello abogan por construir destruyendo. A martillazo seco, en su caso, eso sí, con mucha pasión.

El primer grupo optó por emplear la retórica más próxima al hilo argumental de Esquerra Republicana, insistiendo en el dialogo como única vía (acción que comportó no pocos silbidos), con tímidas críticas a los políticos, y la violencia como la línea roja. Imagino que serán las nuevas directrices, puesto que para tapar la boca, de la forma más torticera posible a toda la oposición y en consecuencia, a la mayoría de Cataluña allá por 2017, no tuvieron compasión alguna. No obstante, más allá de los clásicos (el tan bien descrito derecho de autodeterminación por Colomines y las apelaciones a la amnistía) no hubieron sorpresas. Salvo la reiterada insistencia de Cuixart en mandar ánimos a los exiliados. Curiosamente los mismos que, mientras él cumplía condena, entre ostras, vinos y conciertos, luchaban de manera encomiable y feroz por su libertad.

Eso sí, la jugadora estrella fue, sin lugar a dudas, Elisenda Palauzie. Una hiperventilada que a gritos nos dejó alguna que otra perla, apostilladas por el adjetivo vacío (en su caso) de democrática, que caben poner de relieve.  Empezó apelando a la libertad (quizás os resulte familiar) exigiendo pagar impuestos donde quiera y destinar los mismos donde le diera la real gana. Ergo no redistribuir con los que menos tienen, camuflado bajo la etiqueta, cada vez más arrugada, del expolio fiscal, que según sus palabras va en aumento, alcanzando la nada despreciable cantidad de 18.000.000.000.000€, ya saben ustedes, el mítico “Espanya ens roba”.

Prosiguió con sus estridentes gritos reclamando el fin de las multas por “hablar de la autodeterminación”. Imagino que en breves iniciará un crowfounding para poder sobreponerse a las de ayer, puesto que, de políticas sociales no, pero de autodeterminación se habló un rato.

Además, tras señalar a los sindicatos y diferentes entes y organizaciones no comulgantes, apeló a la mayoría democrática; apunten (en la lista de terminología nacionalista) este nuevo término, como fuerza absoluta que todo lo puede, enarbolando la bandera del republicanismo aragonesiano (que aseguro que haría retorcerse al mismísimo Rousseau, incluso desde su tumba) sobre el que debe erigirse la futura República o res-publica, no en latín sino en un sentido literal, nada público, para muestra basta con recordar la maravillosa gestión y recortes de sus antecesores en el poder. Y es que el nacionalismo, como la religión, constituye la antítesis al republicanismo y el autogobierno a través de la participación política, siendo la moral establecida por Dios en el segundo caso y el mesías de turno (Pujol, Mas, Puigdemont, Torra, Aragonés) en el primero.

En conclusión y sintetizando, ayer presenciamos el inicio del fin, un desaliento palpable incluso en el periodismo afín, que destilaba un tremebundo pesimismo camuflado tras la expresión de “nueva etapa” e incluso los manifestantes más violentos, que no alcanzaron la cincuentena ni las cuatro piedras mal tiradas. Poca puntería, muy poca, tanto para agredir como para persuadir a una mayoría, la de trabajadores catalanes, que siguen con la eterna demanda, infinitamente más valiosa que la de los nostálgicos del Antiguo del Régimen: pan y trabajo.

Como seguían los versos finales de la canción de el Nanu :

En teníem prou amb tres frases fetes
Que havíem après d’antics comediants
D’histories d’amor, somnis de poetes
No en sabíem més, teníem quinze anys”.

15 años después de la primera gran movilización en 2012, muchos catalanes, hartos de frases hechas propias de cómicos del peor nivel, no buscamos historias románticas de caminos a Ítaca ni otros lares donde entroncar una vida idílica, sino un espacio de convivencia cívica donde uno pueda contar con los bienes materiales más elementales para desarrollar su vida en libertad.

 

Marc Luque

 

Foto: Martí Oliver Luque

https://www.eljacobino.es/

Analista político en El Jacobino y Director del programa En 30 Minutos. Estudiante de Humanidades en la Universidad de Cádiz y colaborador en diferentes medios de comunicación de ámbito nacional. Socialista, en El Jacobino. Nada más y nada menos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *