Contra los librepensadores. En defensa de la filosofía republicana de la libertad

Contra los librepensadores

Marc Luque | Estimados lectores, no soy especialmente partidario de segregar a los humanos en función de sus condiciones, más bien como igualitarista sostengo planteamientos antagónicos. Creo en la emancipación, en la de todos frente a unos pocos, en la de los dominados frente a los dominantes, en la de los comunes frente a los pudientes.

Sin embargo, permítanme que contribuya a la tendencia universal de promover la decadencia humana presentándoles una nueva categorización, la troupe de los librepensadores. Aquellos individuos con los que tenemos el privilegio de compartir espacios, hobbies y sobretodo discusiones. Superhombres que comprenden la libertad como una creencia, un estado emocional autodeterminado en función de unas características imposibles de descifrar para el resto de los mortales y feligreses románticos de la irracionalidad.

Sea como fuere, quienes antaño se escondían y eran considerados auténticos analfabetos, hoy representan la vanguardia libertaria que domina y conforma la cosmovisión imperante a nivel mundial. Mundividencia hegemónica que moldea al gusto la cultura en las polis y evidentemente traspasa todos los límites, también los de la filosofía política.

Recientemente, en una convención de los populares, rebuznaba algún que otro democristiano–  cristiano de cintura para arriba y demócrata de cintura para abajo- “La Segunda República fue la responsable del Golpe de Estado en 1936”. Solemne declaración de Ignacio Camuñas, antiguo ministro de la UCD, que contó, ¡cómo no!, con múltiples carcajadas entre los asistentes acólitos a la formación conservadora. No será éste que les escribe, quien sienta la menor necesidad de desmentir semejante calumnia, ya sobrepasada por la realidad de los hechos y la historiografía.

En cualquier caso, sí me parece oportuno tomar el testigo del exministro referenciado y en definitiva de aquellos que insisten en fomentar el olvido. En primera instancia, porque los sujetos empeñados en implantar una especie de alzheimer colectivo lo hacen por mera incapacidad de recordar aquello por lo que nunca sintieron un especial interés: igualdad, libertad, democracia y justicia. Y en segunda, he aquí lo importante, porque resulta insultante simplificar una larga tradición filosófica de pensamiento al ya popular debate, monarquía o república. Por lo tanto, he considerado oportuno desgranar ciertas claves amén de que los desmemoriados librepensadores contrargumenten frente a nosotros, los republicanos, con cierta propiedad y conocimiento de causa.

Piensen ahora lectores, cómo se sienten diariamente ustedes. Empleados conscientes de que será el silencio quien les proporcione seguridad y del mismo modo la arbitrariedad quien defina su destino, inmigrantes sujetos a las caprichosas políticas de reglamentaciones o funcionarios cuyo futuro es determinado por la ambición del político de turno. En definitiva, sujetos conocedores que su bienestar está a merced de quienes les preceden en el escalafón social. Es ante estas situaciones y a modo de respuesta, cuando tiene origen el germen del republicanismo cívico que (algunos) conocemos hoy. Una tradición que podríamos resumir en dos palabras: No dominación.

Ya los progenitores romanos de la filosofía republicana discernían entre dos variantes de poder que podían derivar en la esclavización del conjunto de los miembros de la comunidad política. El dominium (poder privado) y el Imperium (poder del Estado). El primero encarnaba el adversario a combatir, siendo el segundo la estructura empleada como fortificación defensiva. Por consiguiente, éste último no debía derivar jamás en un poder dominador.

Entonces, llegados a este punto seguramente, si me he explicado con cierta precisión, se preguntarán cómo pensaban abolir la dominación. ¿No es la no interferencia la metodología más precisa frente a la esclavitud? Respuesta que podrían desarrollar de la siguiente manera: sólo seremos libres en función que elegimos las interferencias que nos coartan y a su vez crean y salvaguardan nuestra libertad. Por lo tanto, las líneas maestras expuestas indican la incompetencia asociativa entre el republicanismo y exclusivamente la encrucijada (monarquía o república) antes mencionada, y (evidentemente) entre libertad o autogobierno y la no interferencia.

Siguiendo con las ejemplificaciones, quizás el caso particular de las mujeres pueda ayudar a esclarecer el asunto. Una mujer puede no estar sometida al maltrato por parte de su marido y no por esta favorable arbitrariedad debe abandonar la lucha contra la violencia de género y frente a los controles no deliberativos que le imposibilitan encauzar su vida como buenamente le plazca y la abocan al sólo cum permissu y viviré in protéstate domini. Es así como entenderán, que la libertad no es más que una creación política derivada de la concatenación de sucesivas luchas posteriores al estado natural. Ya que esta exige la completa inaccesibilidad a la interferencia arbitraria. Si nuestros similares no son libres, nosotros nunca lo seremos. Ergo, sin conciencia y unidad de clase, la no dominación no es más que pura utopía.

En conclusión, ante los rebuznos de los superhombres y el desprestigio a la tradición sólo queda la razón. La razón de los que lucharon frente al Golpe y la de los abogamos no sólo por la liberación de los explotados, sino también por la prevención de la explotación.

 

Marc Luque

https://www.eljacobino.es/

Analista político en El Jacobino y Director del programa En 30 Minutos. Estudiante de Humanidades en la Universidad de Cádiz y colaborador en diferentes medios de comunicación de ámbito nacional. Socialista, en El Jacobino. Nada más y nada menos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *